Por Yobaín Vázquez Bailón

Ilustración: Luis Cruces Gómez

(Este artículo fue publicado en el sexto número de la revista MdN en una edición especial sobre la Muerte disponible aquí

Está muy gastada la anécdota de Werther, el libro que consiguió persuadir a los jóvenes para que se suicidaran. Sea cierto o no, esto indica que la literatura no siempre es cándida y que te hace mejor persona; a veces induce a colgarse de un árbol o tomar pastillas de cianuro. Goethe no planeó que su libro se prestara para cometer actos ajenos a la simple lectura, pero es indiscutible que su pluma fue letal.

Dicho esto, lo que toda persona coherente debe reflexionar es: ¿quién garantiza que leer veinte minutos al día no se trata de un plan malévolo para escuchar voces que digan: “mátate”, hasta lograr el cometido? Gracias a Dios no existen personas coherentes, o de lo contrario, los libros serían más impopulares.

Muchos piensan que un montón de hojas impresas y encuadernadas son inocentes, cuando en realidad son la peor arma de destrucción masiva. La peor, digo, porque se conserva en estantes y libreros, se acumulan en hogares y oficinas. Es como preservar dinamita en un jardín de niños. Para que no parezca absurda esta comparación hay que advertir algo: leer no basta para ser lector. Existen millones de lectores que abren un libro sin capacidad crítica y buen juicio. De común, estos lectores interpretan literalmente lo escrito y por eso, cuando un narrador emite una frase motivacional, la validan como cierta y ley de vida. Por eso, cuando un personaje se suicida, allí van los lectores crédulos a tirarse de un techo. Pobre literatura, cuántos crímenes se han cometido en tu nombre. Insisto, los libros son peor que la peste.

Asesinan cuando se les mal entiende por estupidez o para sacar provecho. Por ejemplo, los papas e inquisidores y en general los fundamentalistas de cualquier credo o ideología. La Biblia ha matado menos usando su grosor para descalabrar a un cristiano y más por ser usada para enardecer a ignorantes y convocarlos a la matanza. Lo mismo pasa con el Corán y el Mein Kampf.

Da miedo la literatura porque de los millones de lectores de El guardián en el centeno, un loco llamado Mark David Chapman no escuchó la voz de “mátate” sino la de “mátalo”, y con esa orden asesinó a John Lennon. ¿Qué tal que en este momento algún orate esté leyendo Platero y yo y decida que esa lectura lo obliga a matar a Peña Nieto?

Tal parece que la literatura está hecha para la ruina de los lectores y, como daño colateral, a los que lo rodean. Pero las víctimas favoritas de la literatura son los escritores. Aquellos que dan su vida a las letras, a veces no reciben más recompensa que la depresión y el suicidio. Tal vez el deterioro de ciertos escritores tenga que ver más con enfermedades mentales, pero es innegable que el acto de escribir agrava todo malestar. El caso más emblemático es el de John Kennedy Toole, que prefirió matarse cuando rechazaron su novela La conjura de los necios.

Sin embargo, la literatura es caprichosa, se le podría preguntar, ¿por qué no te llevaste a Vargas Llosa cuando era joven y escribía buenas novelas? ¿Por qué no recogiste en tu seno a Carlos Fuentes antes que publicara libros como quien escribe recados cada vez que sale de su casa? Quizá ese es otro tipo de muerte más dolorosa: la muerte literaria y de las ideas. Aunque hay algunos escritores que nacieron muertos, pienso en Yordi Rosado, Carlos Cuauhtémoc Sánchez y Paulo Coelho; muertos sí, pero con torta bajo el brazo.

Toda esta locura de muerte provocada por la literatura se ha volcado contra ella. Se dice que la literatura ha muerto. ¿De qué o por quién? La proclaman quienes nunca han publicado un libro, gente que no sabe escuchar un poema o que escriben cuentos con las patas. La formularon los críticos literarios que critican y critican hasta llegar a puntos críticos en los que no dicen nada que no sea mera especulación. Fuera de ellos, ¿quién sostiene que la literatura ha muerto? ¿Los escritores? ¿Los editores? Peor, los filósofos que dijeron haber matado a Dios, cuando hoy en día anda vivito y coleando. O que dijeron acabar con el humanismo, y sin embargo, aún se le ve causando estragos en la humanidad.

La literatura está herida, pero no de muerte. Puede ser que darla por enferma terminal sea una venganza por todas las cosas malas que ha causado. O una solución práctica: quizá muerta la literatura, se acabó la rabia.

La literatura, pelona y flaca, vivifica la imaginación; a cambio, roba un poco de nuestra vida. Le ofrendamos valiosas horas que ya nadie repone. Si tomamos en cuenta los estragos del sedentarismo que obliga la lectura, el IMSS o el ISSSTE ya deberían emitir un comunicado advirtiendo que leer libros es un factor de riesgo para desarrollar enfermedades crónicas degenerativas y mortales.

Hay que pensar dos veces antes de iniciar un libro: ¿y si me mato por leerlo? ¿Y si alguien me mata por leerlo? ¿O me convierto en asesino? ¿Qué pasaría si sus hojas estuvieran envenenadas como en El nombre de la rosa? La probabilidad de que un librero se caiga encima de nosotros son altas. La posibilidad de que una novela de Héctor Aguilar Camín mate de aburrición son altas. Todo esto debe pensarse también a la hora de incitar a los demás a la lectura: son vidas que corren peligro, que tienen las horas contadas.

Ah verdad, se les borró la sonrisa a los promotores de lectura.

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