Por Logan Johnson

Evelia o Eve (como prefiere que le digan), nuestro personaje principal, presenta sus dos objetivos al inicio de la película: ascender de puesto del piso donde trabaja como camarista de hotel (ella se encuentra en el 21 y espera llegar al deseado 42) y tener el vestido rojo recién recuperado, que mientras tanto se encuentra en el departamento de Lost and Found. El viaje hasta aquellas dos metas (básicamente todo lo que sucede hasta el fin de la cinta) resultan en la exploración más bella y frustrante de la rutina y la infravaloración.

Las horas y los días transcurren. Nunca vemos a Eve fuera de su ambiente laboral: es perfeccionista en su trabajo, aunque eso no evita que de vez en cuando reciba algún regaño de sus jefes, a los que no se les visualiza la cara; no se permite tener una relación con sus compañeros de trabajo más allá de lo profesional, porque no siempre resulta en algo reciproco. Nunca rompe las formalidades para con los huéspedes, sin importar si la saludan con un beso o la tratan como un perro.

La forma en la que Lila Avilés va contando está historia es sublime: no quiere que veamos a Eve como si fuera un experimento, más bien nos obliga a convertirnos en ella para poder entenderla. Y no es complicado: todos hemos pasado por alguna de las varias situaciones que ella vive. La película pudo ocurrir en China o Australia y tendría el mismo impacto. Pudo ser una mesera o una abogada y sentiríamos la misma ansiedad. La pudo protagonizar un hombre y hubiera causado el mismo malestar.

Seleccionada para representar a México en los premios Oscar el próximo año, La camarista podría parecer simplemente una radiografía de la rutina, disfrazada en este caso de “eficiencia”, a la que nos encerramos por obligación y necesidad. Pero hay más profundidad en eso: es un retrato de cómo se nos ha prohibido soñar o, mejor dicho, cómo nosotros nos hemos prohibido soñar, para no desilusionarnos y pensar que podemos sobresalir, cuando quizás simplemente somos parte de algo más colectivo y genérico, y por lo mismo, invisible.

Más allá de lo humano y, al mismo tiempo, inhumano de nuestra realidad, la sensibilidad de plasmar a una protagonista que indirectamente nos representa a todos es una proeza: disfruta de las cosas más pequeñas y a escondidas, a sabiendas que no todos lo verían con buenos ojos; explota cuando nadie la ve, pues por más impotencia que tenga, es consciente de las verdaderas posibilidades de desarrollo profesional, por más esfuerzo que entregue. 

Acercarnos a Eve también es poner nuestro ojo en un microscopio. No se quiere dar el lujo ni de respirar: cuando le preguntan qué le gusta no sabe ni que responder, como si le hubieran robado la esencia. Todo lo hace por su hijo (a quien nunca vemos), por el que soporta toda variedad de clientes, algo en lo que todos podemos identificarnos. 

La camarista destaca por un realismo casi desconcertante, implantándose en nosotros un análisis interno y personal sobre qué tanto compartimos de cada uno con la empleada del piso 21. Tampoco es tan negativa como parece: no es un relato que nos recomienda abandonar nuestros deseos de superación, pero es cruda al momento de recordarnos que trabajar duro no es precisamente recompensado. Por el contrario, es mera supervivencia, casi haciéndonos sentir culpables por soñar (aunque esa no sea su intención prima), sin importar si es un anhelo más accesible como un vestido o uno más inalcanzable, aún cuando se encuentre con sólo apretar el botón del piso 42 en el elevador.

Si te gustó, comparte: Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Share on Tumblr