Por Liliana Hernández Santibáñez (Liliana He-Sant)

Ilustración: Luis Cruces Gómez

El actor debe ser sensible a la forma de su propio cuerpo,
así como a su propio movimiento a través del espacio.

Michael Chéjov

En varias ocasiones, al hablar y reflexionar sobre baile, se parte como primera respuesta la técnica de movimiento, música, composición espacial, postura o coreografía. Todo varía de acuerdo al contexto que tengamos en el momento de escuchar esa palabra. En este caso, pienso en la escena teatral y en el baile-danza que puedo atestiguar cuando estoy en un proceso de creación.

El cuerpo baila, respira, construye, destruye, transpira, conecta y hierve. Nuestro andar por el mundo bien podría ser un baile. En mi caso, quisiera detener un poco la reflexión y abordar en la energía que se desprende al estar en escena, cómo se convierte en una huella que musicaliza el espacio. Cada momento en una obra de teatro es distinto y cada escena tiene su propio baile, cada personaje tiene su propia coreografía, pero ¿qué pasa con ese cuerpo que aparentemente está estático? ¿Cómo danza la energía al momento de una representación? ¿Cómo se problematiza la creación de una actriz al momento de explorar con el movimiento?

Cada creadora dedicada a la escena —el acto efímero por excelencia— comprende perfectamente que a pesar de que exista cierta técnica, también hay un inevitable aquí y ahora que determina muchas cosas. Si bien la técnica consolida una base para la libertad expresiva del cuerpo, también es cierto que todos los días conectamos de diferente manera con el instante. Es como si estuviéramos a la espera de nuevos descubrimientos gracias al movimiento. La respiración potencializa la vibración de todo nuestro sistema y manifiesta el sentimiento que nos produce movernos. Casi siempre, si no es que siempre, es diferente a pesar de ser la misma escena-coreografía. En el caso de las actrices, la palabra también danza con nosotras.

Todos los procesos creativos tienen su propia respiración, algo que encuentro muy complejo y apasionante. Cada actriz también afina una respiración que la mueve y diferencia de otras intérpretes, es como si dentro de ese universo poético, cada una toma lo mejor y lo coloca en el plano de lo personal. Sería curioso marcar con total detenimiento cada trazo escénico efectuado por una actriz, para después mirar ese trazo y pedirle a una bailarina que lo ejecute. Sería aún más curioso marcar la energía de la palabra emitida para después danzar con ella.

Me fascina ver una presentación escénica y sentir la respiración, el sudor, la energía, la mirada, la palabra y cómo ésta determina también la coreografía. Concretamente en teatro, es apasionante ver la obra más de una vez y observar cómo la danza de cada actriz cambia, aunque sea la misma escena repetida varias veces. Todavía más, cómo el universo poético de cada montaje determina la manera de respirar y por lo tanto la manera de desplazarnos y de hablar en escena. Es como si existiese una energía tan peculiar que entra en todo nuestro organismo para brindarnos un abanico de posibilidades para usar nuestro cuerpo y voz.

Lo más excitante es ver cómo también la que acompaña aporta con su energía a los cambios que se manifiestan en el acto convivial. Me pierdo en el halo que se extiende por la escena y marca una energía poética que alimenta la atmósfera, el contexto, la escena misma. Para mí, es ver danzar a la actriz, una actriz bailarina, un cuerpo vivo.

Todo esto sin contar la energía que el mundo espectatorial nos ofrece: el público cambia y su respiración también.

Como experiencia personal me gustaría compartir mi baile en escena: concretamente en el montaje El Divino Narciso. Juego áureo, dirigido por Raquel Araujo. Existe una escena donde el personaje de Naturaleza Humana busca a su amado Narciso. Recuerdo cómo cada vez que decía e interpretaba ese texto, mi cuerpo se movía totalmente diferente, a pesar de tener consignas muy claras. El cuerpo con la palabra junto con la respiración, nos mueven, nos hacen danzar.

Ahora me encuentro preparando otro montaje, Máquina Mundo-L, donde mi vida se ve reflejada. Es fascinante sentir el movimiento de la respiración en la escena y más aún cuando la respiración viene desde el testimonio, es aún más desgarrador. Es sentir los silencios, las pausas, lo efervescente, lo caliente, lo frío, lo tenso. Es entregarse al momento y danzar con él. Para mí, actuar es danzar, danzar es respirar y respirar es vivir. De ahí el teatro como arte vivo.

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