Por Jesús Cámara Ríos

Cuando el centro de Mérida comenzó su expansión, varios esclavos indígenas trabajaban en casas de los acaudalados locales y extranjeros. Muchas veces, los indígenas no aprendían a leer o escribir, lo que dificultaba su vida dentro de la ciudad. La existencia de placas con imágenes en los cruces de calles ayudaba a este sector de la población a ubicarse, mismas que hasta ahora se utilizan como puntos de referencia.

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La escasez de información histórica sobre las 431 esquinas que cuentan con un nombre en el centro de Mérida y la difícil tarea de impedir que los datos existentes desaparezcan, son los motivos que hicieron trabajar al equipo de Suburbios de Mérida en la conservación informativa del centro de la ciudad (el segundo más grande de todo México) a través de su “Noche de recorrido nocturno”, que realizaron el viernes en La Víspera de La Noche Blanca este mayo del 2019.

Durante una calurosa y traficada noche en el primer cuadro de la ciudad, Larisa y Fernanda, integrantes del colectivo Suburbios de Mérida, acompañadas de la actriz María Fernanda Bolívar (que dio vida a algunos personajes narrados en las historias), comenzaron el anecdótico recorrido en la esquina de la calle 57 con 66 conocida como La Tucha. Allí contaron dos de las tres historias que rodean a este conocido crucero, entre ellas, la de una niña que al ser mal portada con las personas que la cuidaban, fue hechizada y convertida en mono hasta que aprendiera buenos modales.

A pesar de que existen múltiples rumores sobre la nomenclatura que llevan muchas esquinas, algunas no cuentan con una historia específica que les haya asignado el nombre. Una de ellas es la esquina de “La Gota”, situada en la calle 55 por 66, que recibió este nombre por el simple hecho de referenciar el lugar, sin que existiera en el sitio una gotera o un desagüe como muchos pudieran imaginar. También existen casos en donde el nombre del cruce es atribuido a animales de la región, como la esquina de “El Xcau” (55 por 64), conocida así por un ave de color negro, pariente de los cuervos y amante del agua estancada en charcos, que desde hace muchos años abunda en Yucatán.

Pocas son las historias de las esquinas que cuentan con un sustento oficial en torno al origen de su nombre, pero la esquina de “El Loro” es un caso especial: está reconocida por el cabildo de la ciudad. Incluso cuenta con una lámina informativa debajo de la placa ubicada sobre la calle 62 por 55, lugar en donde vivieron dos mujeres de la tercera edad junto a un gallo y un loro tuerto que brindaba las “buenas noches” a quienes pasaban por ahí después de ocultarse el sol. Su cortesía y amabilidad lo volvieron un personaje característico en el cruzamiento.

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El relato cuenta que un día el gallo le sacó al loro el único ojo que le quedaba, al no percibir cuando la noche caía, repetía una y otra vez su frase favorita sin importar la hora que marcara el reloj. Al morir, el ave fue reemplazado por un pequeño loro de madera ya que la gente del rumbo se había familiarizado con la presencia del educado personaje. Con el paso de los años, las personas se acostumbraron a llamar el punto como “la esquina del loro”, por lo que más tarde fue colocada una placa como un homenaje.

Es el descuido y la falta de interés lo que ha causado la desaparición de algunas placas, la restauración de fachadas puede ser suficiente para acabar con años de historia. En la esquina de “El Teresiano”, ubicada en la calle 60 por 53, en donde la restauración de un antiguo edificio resultó en la desaparición de la imagen y poco a poco también ha causado que el nombre y su referencia se olvide. Otras veces los nuevos dueños de las propiedades sustituyen la placa original con un modelo exactamente igual, pero la pérdida del patrimonio histórico no es recuperable.

La falta de mantenimiento también ha generado que algunos sectores del centro, comprendido por miles de edificios declarados como patrimonio histórico, hayan perdido su esplendor y cambiado de actividades, como el antes llamado “Paseo de las bonitas” y el parque Eulogio Rosado, ubicados en el rumbo del Mercado Lucas de Gálvez. Antiguamente, dicho pasaje era utilizado para desfilar los mejores trajes y lucir los vestidos más finos como método de socializar entre la gente acaudalada. En la actualidad, el lugar es coloquialmente conocido como “la calle de las piñatas”, por su principal actividad económica y “el parque de los borrachos”, por el toque que el extinto bar El Grillón aportaba a la pequeña plaza situada en la calle 56 entre 65 y 63.

En ocasiones un objeto característico en la construcción de un edificio era suficiente para bautizar a los cruzamientos: una fea estatua en el techo de una casa dio nombre a la esquina de “El Monifato”, situada en la calle 65 por 42. Un elefante de hierro también está colocado en la cornisa de la calle 65 por 46, lugar conocido con el nombre de aquel animal. El tejado color marrón característico del cruce de las calles 60 y 49, conocida como la esquina de “La teja”, donde había una casa que incursionó en la ciudad con ese tipo de techado.

El recorrido realizado a pie la noche del viernes cautivó a quienes acompañaron a sus organizadores, con historias que no habían escuchado sobre los alrededores de la ciudad. La importancia de conservar estos relatos es la esencia del trabajo que realiza el colectivo conformado por Larisa, Emmanuel, Lolina y Fernanda. A través de sus redes sociales y actividades culturales llevan a cabo la noble tarea de difundir contenido informativo sobre el centro de Mérida, un lugar que para Suburbios “está lleno de magia, cultura y entretenimiento”.

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