Por Sergio Aguilar

[En la supuesta cultura de la información, o del conocimiento, o ambas, donde todo producto cultural es hipertexto, pretexto de algo más, ¿cuál es el futuro que nos espera?]

(Algunos datos expuestos a continuación podrían ser considerados spoilers).

Black Mirror (EUA.)
Creador: Charlie Brooker

Black Mirror es una serie que nos deja un mal sabor de boca. No porque sea mala, cuando es probablemente la más importante producción televisiva en lo que va del siglo, sino porque nos sentimos regañados. Y con justa razón. Aquí van algunos comentarios del especial de navidad, White Christmas. Hemos llegado a el capítulo. De una desolada ventana blanca entramos al pequeño cuarto donde Potter parece igual de confundido que molesto. A través de tres cuentos de navidad nos enfrentaremos con un terrible espejo negro.

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La gente quiere hacerse notar

Un tonto con cero éxito con las mujeres pide ayuda para “asistencia en campo”: a través de tecnología incorporada en sus ojos, está en contacto con una especie de Hitch, un especialista en seducir mujeres que le va dando consejos en tiempo real. Es en una fiesta de navidad a la que entra “colado” donde inicia su relación laboral, y con suerte, una relación sexual. En un momento le darán asistencia buscando rostros con un especializado software de stalkeo en redes sociales para simular que se conocieron en una fiesta. ¿Y no acaso lo hacemos al entrar en redes sociales esperando saber lo que se pueda de alguien? ¿Y no acaso hemos usado esa información a nuestro favor para manipular nuestra presentación?

“La táctica era ignorar a la chica que te interesaba […] La gente quiere hacerse notar”, le explican a Potter. ‘La gente quiere hacerse notar’ es el mantra que guía esa exposición obscena de la“intimidad” -cómo acercarse romántica/sexualmente a alguien- es un espectáculo, pues son varios los espectadores del momento. En la cultura actual se puede volver un espectáculo cualquier evento tonto (un bebé que tiene una risa peculiar) o cualquier tragedia (el momento en que un niño dispara contra sus compañeros de escuela).

La ingenuidad es ver a Larry como un deshonesto que recibe ayuda a través de auriculares -o en una sociedad high-tech como esta, a través de la cámara de los ojos-. ¿Quién no acaso ha pedido consejos amorosos, preguntado la opinión de cómo luce tal ropa encima, leído revistas de modas en consultorios de dentista y realmente pensar cómo se vería esa camisa o vestido encima? Nos recuerda mucho esta imposibilidad amorosa a la idea lacaniana de que “no hay relación sexual”, que Zizek explica con un comercial: una princesa besa un sapo y éste se convierte en príncipe, se besan y ella se convierte en una cerveza. Podemos tener una princesa y un sapo, o un príncipe y una cerveza, pero el momento en que intentamos consumar la relación “normal” (princesa y príncipe al besarse), ésta desaparece.

Lo reescribimos para el capítulo así: podemos tener la introvertida sexy y el aventado don Juan, o la suicida dominante y el acobardado ñoño. Precisamente el desastroso malentendido entre lo que ella y él quieren es la muestra de que uno nunca puede tener a la persona a la que ama con todo su corazón o la desea sexualmente para pasar la noche: sólo lo que queremos tener es lo que tendremos, y nada más.

Primer interludio: bloqueo
Se nos introduce una de las más siniestras ideas de toda la serie: el bloqueo ocular. Con la capacidad de cyborgizar el cuerpo, se encontró un modo de huir de los problemas: simplemente bloqueándolos. Regresaré a las consecuencias de esto más tarde.

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Tú no eres tú

Matt le dice a Potter, pero también a nosotros, “yo te cuento y tú me detienes cuando hayas adivinado de qué trabajo”. Por supuesto que no lo podremos adivinar.

Una voz en off  habla. Es la mujer que está en la cama de hospital, lista para su operación. Durante el proceso, una especie de fantasma sale de ella y al ponerse frente a un espejo, sólo vemos una pequeña esfera.

Es curioso que la galleta se llame galleta, cuando es tan similar a un huevo. Seguro viene de las galletas a las que menos les prestamos atención: las de los sitios web que recopilan nuestra información, que ensanchan nuestra huella por lo digital, que merman nuestra privacidad web, que son memoria de nosotros, que vigilan qué hacemos, cuánto tiempo lo hacemos y con qué frecuencia lo hacemos. Es parecida a un huevo, pero probablemente para ocultar ese temor incomprendido de que se estaría dando a luz a sí mismo (como en Enter the void), y para seguir con la idea de que a cada rato “aceptamos a las galletas”, se decidió cambiar el nombre. Lo que sucedió en realidad es que la duplicaron, y la copia fue transportada a un gadget: la descargaron en un USB.

Como dice Matt, le puede poner un cuerpo virtual, pues eso ayuda en el proceso de aceptación. Ese cuerpo, por supuesto, es necesario para ser sujeto de castigo. Es un cuerpo que se ve aquejado por una simulación del espacio-tiempo. Y vaya que será sujeto de castigo: precisamente la distorsión abismal entre el espacio-tiempo es el modo de castigo.

Uno puede irse con la lectura superficial, que se incrementa con la idea de que las galletas que se volvían locas eran vendidas como carne de cañón para los videojuegos: esto es esclavitud con pasos extra (como en “Rick & Morty” y sus multi/mini/microversos). No va por ahí esta poderosa idea. ¿Qué es lo poderoso de esta idea? Cuando se despierta la verdadera ella, la “real”, o al menos, la que posee un cuerpo no virtual, nos queda claro que la galleta no es un juguete que utilizamos para facilitarnos la vida: nosotros somos el juguete de la galleta.

Así, para llevar a la cúspide del paroxismo la obsesión por los juegos de rol, es la galleta la que usa un avatar, a la persona real, como su juguete, su muñeca a la que tiene que alimentar, vestir, entretener. Nosotros seremos el tamagotchi de “nuestro” tamagotchi. Nosotros seremos entonces esa singularidad tan anunciada como el acontecimiento del siglo (la máquina que crea una máquina más inteligente). Esa máquina con inteligencia propia y ajena a nosotros nacerá de nosotros mismos, le daremos a luz. Es siniestra la naturalidad con la que los personajes aceptan esta tecnología, como si ésta fuera consciente del papel que jugará y engaña a los dueños presentándose como bondadosa. Como nos recuerda, Simon Ings, la rapidez y facilidad con la que las máquinas se volvían útiles en la vida es precisamente el peligro de las máquinas.

No sólo seremos nosotros las mascotas de nuestras mascotas, sino que aceptaremos con enorme facilidad y naturalidad volvernos esclavos, títeres de la tecnología. Aceptamos ya que somos realmente los muñecos de prueba de una inteligencia mayor: la que creamos nosotros con la tecnología. No somos el videojuego de una civilización más avanzada, como algunos creen: somos el videojuego de nuestros propios juguetes.

Segundo interludio: ¿Un buen hombre que hizo cosas malas?
¿Existen los malos hombres que hacen cosas buenas?

¡Apágalo!
Potter cuenta la historia de su relación con Tiffany. Ella se embaraza sin planearlo, y cuando él se entera por accidente, ella le admite que no quiere tener al bebé. Discuten, y ella lo bloquea.

El reclamo de Potter no es menor, y no debe ser leído fuera del tema planteado por toda la serie. Ese “¡apágalo!” que grita con insistencia no es sólo hacia Tiffany para que apague el bloqueo: es a nosotros a los que nos está diciendo que lo apaguemos. Nos lo está gritando para ver si ahora sí lo entendemos. Potter es bloqueado, y pierde acceso a su novia, que lo deja. Se entera de que ella sigue embarazada, y al intentar acercársele a esa sombra gris de interferencia, tiene su primer encuentro con la policía.

Cuando Potter finalmente conoce a su hija, tras la muerte de Tiffany, se da cuenta de que no es su hija. Y esto hace que pierda todo, que se caiga su fantasía en la que podría al menos convivir con su hija, la cual se da cuenta de que no tiene. Ahora que ya la puede ver, realmente puede ver la realidad.

En su ataque de furia, mata a su ex-suegro, y la niña muere en la nieve. El desastre le costará muy caro, y aquí es donde cae en la cuenta de que el lugar en el que está con Matt es una prisión de su inconsciente, el cual gracias a la galleta, ya vive fuera de él, una especie de -permítaseme proponer el nombre-, exoinconsciente.

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La sentencia

Ya casi acaba este siniestro viaje. Potter ha sido sentenciado, pues su galleta habló. Así, el avatar es una extensión del sujeto que está subordinado al derecho. Pero no podemos evitar plantear otras preguntas: de la recaudación fiscal (¿una galleta podría ser sujeta de deuda?), de derechos políticos (¿tienen derecho las galletas a votar y ser votadas?), derechos sexuales (¿puede una galleta tener sexo con otras galletas o personas reales?), derechos de autor (¿las creaciones de una galleta son propiedad moral de la galleta o de la persona “real”?). Todas estas preguntas pueden parecer de fantasía y pérdida de tiempo hoy, pero considerando que en este siglo las máquinas ya lograran una inteligencia mayor a la nuestra, son preguntas que antes de que acabe el siglo tendrán gran resonancia.

Matt cree que se ha salvado de sus propios crímenes, pero le han condenado a ser bloqueado por todos: ya no puede ver más que sombras grises en todos lados. Pero hay todavía un tétrico giro más.

No era suficiente con que él viva el resto de su vida con el peor castigo posible -ser aislado de los demás estando entre los demás-, sino que para alimentar a esta enferma y triste sociedad, era necesario que todos supieran que él era castigado. Porque un castigo no es efectivo cuando alguien es castigado: un castigo es efectivo cuando sabemos que alguien es castigado. Más perverso aún: disfrutamos de ver a alguien ser castigado (ésa es la lección del capítulo “White Bear”).

Grupos de ultraderecha, de ultraizquierda, todo lo que está en medio, pasando por grupos feministas, troles, y toda esa fauna que se encuentra en redes sociales hoy sólo existen gracias a este señalamiento. Ya sea para señalar a quien no se sabe estacionar, a quien está molestando gente en la calle, a quien no sabe escribir sin faltas de ortografía, a quien se quiere salir de la escuela… las redes sociales se alimentan siempre y cuando exista un comité de la moral y las buenas costumbres que pueda enjuiciar a los demás, convirtiéndose en los espacios más conservadores y menos libres que hemos podido concebir, justo por su capacidad de supuesto atractivo.

Existe una obsesión en la sociedad contemporánea por señalar con el dedo y esto nos está llevando a una catástrofe. La privacidad en la web es cada vez menos, la huella digital que dejamos es cada vez más larga, y la memoria no perdona. Hay una obsesión actual por guardarlo todo, recordarlo todo, tener presente todo, y con ella, no sólo la disponibilidad de acceso, sino la obligación de estar disponibles.

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Quisiera que fuera Navidad todos los días…

Es divertido torturar, después de todo, sólo es torturar a un juguete… un juguete que acaba de sentenciar a prisión a un hombre. Esa contradicción del sistema judicial no puede ser excusada con un “seguro la galleta es tecnología nueva, el sistema se irá adaptando, etc.”. No. Hay sin duda un complejo proceso en la actualidad para que nos acostumbremos al sufrimiento, para que no sólo nos sea indiferente el sufrimiento, sino que gocemos al ver el sufrimiento. Por eso terminaré recordando que en un mundo que nos dice que podemos hacerlo todo, hay que recordar que tenemos derecho a no hacer nada. Que tenemos derecho a no sonreír, a que no nos alegre la navidad, a que no disfrutemos el estado actual de las cosas.

Mientras suena la irónica canción en el eterno dolor de Potter (pasará 480’000 años atrapado en esa habitación con esa canción sonando), salimos entonces a través de la desolada ventana negra, un guiño al inicio. Apenas hemos salido de la bola de cristal y ya estamos dentro de ella de nuevo a través de ese laberinto de espejos y espejismos en el que nos hemos tan gustosamente acomodado.

De la ignorante pureza blanca del principio del capítulo, terminamos en una oscura verdad negra al final. Todo ese minimalismo de la tecnología actual no puede ocultar la tragedia que estamos viviendo. El futuro es muy peligroso, de eso se trata: “Es el negocio del futuro ser peligroso” , dijo AN Whitehead. La pregunta aquí es ¿cómo lo vamos a afrontar?

Quizá las dos tecnologías más peligrosas, que durante este siglo van a realmente acabar con la sociedad tal como la conocemos, son el Big Data y las cámaras oculares. Son, sin lugar a dudas, los más grandes peligros, quizá peores que la catástrofe medioambiental, la represión contra las minorías o las mujeres, peores que cualquier ultranacionalista en los gobiernos, peores que cualquier crisis financiera. El problema que tienen es que las aceptamos y pedimos con mucho gusto.

La recolección de datos que vamos dejando por internet y de los que las transnacionales y gobiernos y partidos políticos sacan todo el provecho que quieren, y la capacidad de ser nosotros un panóptico digital -tomando eloncepto de Byung-Chul Han- ya ni siquiera con las cámaras de los celulares -como en The Dark Knight para atrapar al Joker-, sino a través de cámaras en nuestros ojos, uno con la máquina, son las tecnologías que aceptamos sin problemas y no vemos como problemas.

Hemos llegado a un punto de inflexión importante, que va a definir lo que sucederá en los próximos siglos. Dentro de unos años ya no habrá tiempo de preguntarse si habrá que apagar o no, sino que nos estaremos preguntando por qué no seguimos ese consejo de Potter cuando teníamos oportunidad.

Así que les pongo el reto: ¡apáguenlo!

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