POR SERGIO AGUILAR

[En la supuesta cultura de la información, o del conocimiento, o ambas, donde todo producto cultural es hipertexto, pretexto de algo más, ¿cuál es el futuro que nos espera?]
(Algunos datos expuestos a continuación podrían ser considerados spoilers).

Black Mirror (EUA.)
Creador: Charlie Brooker

Black Mirror es una serie que nos deja un mal sabor de boca. No porque sea mala, cuando es probablemente la más importante producción televisiva en lo que va del siglo, sino porque nos sentimos regañados. Y con justa razón. Aquí van algunos comentarios de los segundos 3 episodios de primera temporada de esta “segunda generación” (siendo la primera los 7 episodios producidos en Inglaterra).

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San Junipero

Durante el primer tercio del cuarto episodio, San Junipero, no puede caber mayor extrañeza, casi molestia, dentro de nosotros. ¿Por qué estamos viendo una historia sacada de una película de John Hughes? ¿Por qué la ropa, las locaciones, los personajes, se ven tan falsos, tan poco creíbles, tan plásticos? ¿Cómo puede haber caído tan bajo la serie? Es justo en el primer giro cuando nos damos cuenta que estamos ante uno de los más interesantes capítulos de Black Mirror. La efímera realidad y la eterna virtualidad. ¿Qué es la realidad? ¿Lo virtual es algo no real? En “The Entire History of You”, un personaje dice “no porque sea una mentira quiere decir que no es verdad”. Nada más cierto.

Lo que entendemos como mentira o verdad no es una construcción monolítica-unidireccional que seguimos o no seguimos. La verdad es un acuerdo discursivo. Es una opinión en la cual decidimos estar o no estar. Por ello nunca conocemos la realidad, sino la versión de la realidad que mejor se adapta a lo que deseamos. El deseo, como inaccesible, es una asíntota con la que se escribe aquello que entendemos como “verdadero”.

Pero esto no es tan claro como ahora, en la virtualidad. La virtualidad total, esa máquina con total conciencia con la que soñamos algún día poder contactar, nos dice San Junipero, no vendrá de nuestra creación: nosotros nos volveremos esa conciencia virtual. Nosotros seremos aquélla conciencia. Por un momento creemos que encontraremos la felicidad en otros tiempos, en otros lugares. Creemos todavía que éramos más felices antes, cuando éramos jóvenes, cuando éramos niños, cuando vivíamos con tales personas, cuando hacíamos tales cosas, cuando ignorábamos tales hechos de la vida. Tal parece que no nos damos cuenta aún que la felicidad no son los lugares o los momentos, sino las personas con las que vivimos.

La lección de San Junipero no es que seremos más felices si podemos de nuevo bailar disco, pop ochentero, grunge noventero, hip-hop de inicios de siglo -y claro, hoy que está de moda esta música a través del synthwave, perfecto ejemplo de nuestra nostalgia por una época que no vivimos más allá de las películas, las caricaturas, la mística que envuelve un mundo que se fue y ya no es, como aquí-. La lección es que no importa cuándo vivamos, la felicidad la hallaremos en nosotros mismos y en los demás.
No podremos ser felices jamás si no somos felices con nosotros mismos. No podremos ser felices jamás si no aceptamos el desafío de ser felices en el mundo que nos tocó vivir. El mayor desafío es ser feliz con nosotros mismos. A Yorkie le salió cara esa lección: por intentar ser feliz consigo misma -al salir del clóset-, terminó en estado vegetativo por décadas. Kelly ha entendido esto: ella decide cuándo se enamorará o no, cuándo tendrá sexo o no, a quién se entrega y a quién no. Es en San Junipero donde puede ser feliz. Si ese es el lado brillante de esta pesadilla tecnológica, que sirva para eso, ser feliz. Es allí donde se confirma que la simulación o el simulacro son lo mismo: un modo de comprender el mundo, y con ello nosotros. Sobre nosotros es donde construimos la felicidad plena.

San Junipero es el único capítulo de todos, de ambas generaciones de la serie, que no termina en tragedia: no tiene un final triste, y eso lo hace uno de los capítulos más interesantes de toda la serie. Mientras suena “Heaven is a place on Earth”, “El Cielo es un lugar en la Tierra”, nos queda claro que nuestra idea de paraíso está más próxima gracias a la virtualidad. Y si algo bueno puede tener este siniestro y oscuro mar, cual negro espejo en el que nos vemos aventurados, es esa posibilidad de extender la conciencia hacia una felicidad plena. No es una felicidad real, en términos de lo que ahora mismo entendemos como real, ¿pero quién es usted para decidir qué felicidad sí es correcta y cuál no?

Se podría argumentar que San Junipero es el otro lado de la misma moneda de “Be Right Back”, el episodio en la segunda temporada donde una joven intenta “revivir” a su novio a través de aplicaciones, para darse cuenta al final que sólo está reviviendo fotografías de su novio, recuerdos planos de quien fuera un ser sumamente complejo; y así, las protagonistas de San Junipero son sólo caricaturas de su conciencia real en un mundo virtual y plástico.

No parece que sea el caso. En realidad, el mundo que conocemos ahora es igual de plástico, porque lo que otorga en realidad la profundidad y complejidad a nuestra vida son las relaciones que formamos, no el lugar donde lo hacemos. San Junipero es justo lo que la protagonista de “Be Right Back” no tenía acceso: su novio y ella ya no podían vivir en el mismo lugar. Yorkie y Kelly sí pueden: viven en el mismo plano de conciencia, en su cielo en la tierra, en la vida 2.0, la secuela de la conciencia humana. Y esto porque como dijo Lacan, uno sólo despierta en verdad cuando muere, pues cuando uno está despierto, lo está para tener materia con la cual cumplir los sueños. Al morir, uno está más despierto que nunca. Por ello, dice Lacan, “uno no se despierta nunca, los deseos mantienen, entretienen, cuidan los sueños”.

San Junipero conforma una tríada -en opinión de quien esto escribe-, junto con el final de la cuarta temporada de House of Cards y el capítulo “Escape from L.A.” de Bojack Horseman, la de los tres productos audiovisuales más complejos, interesantes e importantes que haya producido Netflix a la fecha. Junto con “White Christmas”, es sin duda el mejor capítulo de Black Mirror. Es un capítulo que merece muchas, muchas vistas más, y muchos, muchos párrafos más de reflexión.

2016-10-27-black-mirror

Men against fire

La ironía del título Men against fire (“Hombres contra fuego”) es que puede ser leído en dos modos: las “cucarachas” contra el fuego, hombres a quienes se les dispara sin menor duda; y nuestro protagonista Stripes, un hombre contra el fuego, el suyo, al enfrentarse a las consecuencias de sus actos. En un extraño mundo que al parecer carece de Estados-Nación, una agrupación (¿empresa, corporación, estado, gobierno, todos a la vez?), con un logotipo en forma de “V”, tiene a su cargo soldados que portan una prótesis en la vista que les permite una conexión mucho más directa con todos los aparatos de guerra, quizá lo más próximo a una tecnocultura bélica total (tomando la idea de Naief Yehya), donde los soldados se convierten en un solo cuerpo de la misma máquina. Para escenificar que los soldados no son indefensas víctimas ni cómplices de toda la atrocidad, es el apodo de nuestro protagonista, Stripes (rayas), un ejemplo de todos nosotros, que no somos ni blancos ni negros de mente y corazón.

Una lectura podría ser una repetición de cualquier horror de genocidio: contra los judíos, contra los negros, contra los mexicanos, contra los gays… Pero Men against fire es mucho más siniestro. El problema actual es que los soldados tienen segunda opinión: pueden darse cuenta, tarde o temprano, de su labor como títeres. Al apuntarle al coco, como dice Arquette, todo es mucho más fácil.

Por supuesto, no necesitamos esperar a tener prótesis como éstas. Abundan los testimonios de testigos, soldados, funcionarios o víctimas que en conflictos armados, en violentas crisis sociales, siguen estando del evidente lado criminal. Recordar a quienes a la fecha siguen aplaudiendo la fallida e idiota “guerra contra el narcotráfico” de Felipe Calderón, los grupos de apoyo a Augusto Pinochet, los ciegos grupos juveniles y adultos que siguen al pie de la letra cualquier suspiro que indique Fidel Castro, quienes votan por la ultraderecha en Europa, quienes apoyan tácticas de control e hipervigilancia en China o EUA porque “al menos el país estará más seguro”… Todos ellos cómplices de esta fría maquinaria que no parece tener fin.

El problema es la decisión moral, muy dura y difícil, pero decisión nuestra al final, con la que cargamos una vez que nos enfrentamos a las consecuencias de nuestros actos. Podemos recordar el siguiente cartón:

Pues bien, ésa es la decisión a la que Stripes se enfrenta cuando Arquette le propone la cárcel y mantenerse con el sórdido recuerdo de su complicidad en un asesinato, o ser un condecorado soldado que vivirá con falsos recuerdos por siempre. ¿Quién es esta mujer con la que Stripes sueña y cree ver al final? No importa, puede ser alguien que existió en realidad u otro recuerdo implantado. Cuando optamos por la mentira reconfortante, da igual las relaciones que sostengamos con los objetos, las personas, el mundo entero: siempre hallaremos el modo de torcer la realidad para que se adapte a nuestra comodidad. Cuando la virtualidad nos da la oportunidad de borrar nuestras huellas, el camino más cómodo es evidente. Pero si optamos por él hay que recordar que nuestra dignidad se irá de lado, y al final, el juez más duro será nuestra conciencia.

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Hated in the Nation
El capítulo final de la temporada, Hated in the Nation (Odio en la Nación), hace honores a su título en varios momentos: desde el trato que recibe la periodista en la calle, el rapero que se burla con sorna del niño que baila, la dureza de la detective con la que recibe a su aprendiz. Hated in the Nation hace evidente cómo nos regodeamos en el odio al volverlo un espectáculo. La periodista que se ríe y come un pastel en el que la llaman “perra” con gozo es la excelente manifestación de la función cínica de la ideología: sé lo que hago y aún así lo hago.

Este enaltecimiento del odio es lo que promueve en clickactivismo, el clickbait del periodismo web, sean periódicos “serios” o tabloides, de cualquier espectro político, donde tener likes o seguidores es lo importante pero no el contenido crítico que se genera en ellos. Y las celebridades que buscan con desesperación esa idolatría del público llevan aun nivel enfermizo en Hated in the Nation las consecuencias: de tanto hablar de ellos, les zumba el oído (como en el dicho popular) hasta morir.
Cuando comienza a hacerse patrón que las personas que van muriendo fueron notoriamente mencionadas con el hashtag #DeathTo, un personaje dice “es odio a medias, no es de verdad”. Pero como nos enteraremos al final, como es patrón en esta serie, el choque del mundo virtual con el real (asumiendo que el virtual no es real y que el real no es falso, cuando no es así), no sólo es sorpresivo, sino que casi nunca es agradable.

Un personaje dice “Si lo hubiera hecho sola sería raro, pero no estoy loca (pues no estuve sola)”. Y así es como vamos por esta vida semi-virtual, semi-real: esperando encontrarnos con más que piensen como nosotros para no sólo no sentirnos solos, sino también para agarrar coraje de lo que queremos hacer en realidad. Si a la clase política no le interesa el daño que puede causársele al medio ambiente con tal de salvar una vida, habría que preguntarse qué clase de vida sería la que se tendría donde ya no se puede producir miel con naturalidad, donde la catástrofe ambiental termina negando cualquier resquicio de vida “normal” como la conocemos ahora (si creemos que nuestra vida es normal).

Al final, los conspiranoicos tenían razón, y el status quo es el mismo: el ministro de Economía continuó su campaña -y como tragedia final, somos invitados a pensar que ganó-, la función oculta de las abejas robóticas no es cuestionada más allá de una efímera molestia de una escena, el autonombrado vigilante de la moral que asesina a miles de personas se salió con la suya. Así, Hated in the Nation tiene cierta convergencia con “The Waldo Moment”, en la primera generación de la serie, como un verdadero jalón de orejas de nuestra apatía política, aquélla en la que estamos sumergidos, donde más vale subirse a un tren de moda que enarbolar una verdadera opción política distinta, donde mentarle la madre al diputado es mucho más satisfactorio que generar las condiciones de una alternancia porque es más fácil, y donde apagarle el switch (mandando una abeja robótica) a quien consideremos “grosero” es más útil que generar las condiciones para hacer el mundo un poco más justo y mejor.

 Lee más del autor en: https://medium.com/@sergio_jaa

 

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