Por Sergio Aguilar

[En la supuesta cultura de la información, o del conocimiento, o ambas, donde todo producto cultural es hipertexto, pretexto de algo más, ¿cuál es el futuro que nos espera?]

(Algunos datos expuestos a continuación podrían ser considerados spoilers).

Black Mirror (Reino Unido)
Creador: Charlie Brooker

Black Mirror es una serie que nos deja un mal sabor de boca. No porque sea mala, cuando es probablemente la más importante producción televisiva en lo que va del siglo, sino porque nos sentimos regañados. Y con justa razón. Aquí van algunos comentarios de la segunda temporada de la serie: los episodios Be Right Back, White Bear, y The Waldo Moment.

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Be Right Back
Martha y Ash tienen una romántica relación de ensueño. Cantan juntos canciones de los Bee Gees, disfrutan apoyarse en el trabajo, y se acaban de mudar a su propia casa. En un accidente, Ash, adicto a las redes sociales, muere. Martha entra en un peligroso juego de cajas chinas a través de una aplicación de inteligencia artificial.
Be Right Back no es sólo la historia de una tragedia, sino también la historia de cómo el no superar una tragedia hace que nos enfrentemos al objeto de deseo de nuevo, sólo que con un macabro giro. Cuando Martha se inscribe en la aplicación, puede charlar con Ash a través del correo electrónico, ya que el programa ha vaciado toda la información disponible de Ash en todas sus redes sociales para constituir un personaje de Ash. Es importante esta diferencia que Martha seguramente advierte pero prefiere ignorar: está hablando con un personaje de Ash, no con él.

Las evidentes intenciones mercantiles del programa salen a la luz cuando le invita a pagar más con tal de tener upgrades, por lo que ahora puede hablar por teléfono con su voz. Cuando se le rompe el celular por accidente, Martha siente que ha perdido a Ash de nuevo: efectivamente, el teléfono tiene las propiedades de Ash ahora, no es sólo un medio, sino es el fin mismo.

El colmo de esta ruleta del dolor es cuando Martha logra “clonar” a Ash en una tina, como esos juguetes que se metían en un vaso de agua para ver cómo crecían de tamaño. La personalización del aparato (un lunar aquí, agarrar el pecho así) no es garantía de un más sofisticado o consciente uso de la tecnología, sino que es garantía de su mayor control sobre los individuos. Ciertamente la tecnología podrá tener otras propiedades (sin duda se ve muy satisfecha sexualmente, quizá más de lo que usualmente estaba con Ash), pero éstas vienen con un precio: la inteligencia artificial ha entendido que el chantajeo emocional es el modo en que funciona la psique humana y la esquizofrenia con la que en un momento queremos traer de vuelta a alguien de entre los muertos, para luego pedirle que se lance de un barranco.

El final es muy desolador: las posibilidades tecnológicas no sólo han traído de vuelta un prototipo de su novio, sino que la han obligado a sólo poder ocultar el polvo debajo de la alfombra, metiéndolo en el ático. Se ha dado cuenta de que el más duro modo de prepararnos para la muerte es convivir con los muertos todo el tiempo. No se trata de que olvidemos a quienes amábamos, sino que aceptemos lidiar con el hecho de que ya no están. Las posibilidades tecnológicas son muy atractivas para incrementar nuestras sensaciones, satisfacer deseos, elevar placeres, pero no hay que olvidar que también pueden incrementar dudas, no permitir satisfacer la felicidad, elevar el dolor. No se trata de satanizar a las tecnologías, que no son en sí culpables de nada, sino de preguntarnos ¿no hay que decirles que volveremos en un momento, para salir a reflexionar qué estamos haciendo con ellas?

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White Bear
Una mujer despierta desorientada en un departamento. Una extraña transmisión en televisión, con un confuso símbolo que aparece en todos los canales. Sale a la calle, y por alguna razón, intentan asesinarla con escopetas, con cuchillos eléctricos, con bates. Hay gente a su alrededor, pero están absortos registrando todo con sus teléfonos celulares. Ella grita por ayuda, pero nunca la recibe: la obsesión por grabarle parece interponerse al peligro que en el que ella está.
En los primeros minutos de White Bear, tal parece ser una metáfora bastante tonta de cómo estamos obsesionados por ver videos snuff en el celular y luego salir a divertirnos. Pero es en el inteligente giro cuando ella se da cuenta de que es la estrella de un espectáculo que nos damos cuenta de que los espectadores también somos nosotros.

Como una especie de Truman en su tenebroso show, Victoria recuerda que ella y su novio secuestraron a una niña, a la que torturaron y grabaron hasta morir. Él se suicidó cuando fue atrapado. Ella no tuvo tanta suerte, y ahora es la protagonista de un parque de diversiones donde la atracción es ver cómo ella sufre diariamente, se le borra la memoria en la noche, y el espectáculo se repite.

La cara de hartazgo de los actores, que han repetido el show por varias semanas todos los días, nos hace preguntarnos cuál es la diferencia entre ellos y el espectáculo que ella y su novio crearon cuando registraban cómo una niña moría. La diferencia es que cuando el espectáculo mortal y enfermizo se vuelve institución, se vuelve justicia.
La lección de White Bear no sólo es perturbadora, sino sumamente inteligente de los tiempos que vivimos. Ya no sólo es una economía de castigo del cuerpo, un control sobre el cuerpo a través de las instituciones, como una lectura foucaltiana lo haría ver. Habrá que agregar el imperativo del superego del psicoanálisis, es decir, el imperativo del goce (la orden ¡Goza!), para entender que ése control institucional sobre el cuerpo sólo es posible gracias al goce que produce dañar el cuerpo del otro.
No nos es suficiente que se cumpla la Ley, sino que para nosotros la Ley sólo se cumple cuando gozamos su cumplimiento. El modo en que entendemos el castigo no es sólo con que no se nos castigue a nosotros, sino que requerimos ver al otro siendo castigado para creer que se está haciendo “justicia”. Y lo más perverso de todo es que en este proceso encontramos gozo en ver el castigo, y lo que denuncia White Bear es cómo este gozo es cada vez más controlado, más institucionalizado, más adentrado en la lógica del capitalismo contemporáneo.

Así como en Fifteen Million Credits el protagonista seguía siendo subversivo porque el sistema requería esa subversión, aquí el sistema requiere una gozosa aceptación del sistema. No es suficiente que no haya oposición al estado actual de las cosas, ni es suficiente que sí estamos de acuerdo con el estado actual de las cosas, sino que debemos disfrutar el estado actual de las cosas. Es aquí donde se inserta la lección del psicoanálisis y, de modo circunstancial, la de este capítulo: tienes derecho a no gozar, tienes derecho a no estar de acuerdo con el modo actual de las cosas, tienes derecho a oponerte a él, tienes derecho a cambiarlo.

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The Waldo Moment
Un oso azul, personaje de televisión llamado Waldo, cuyas risas son provocadas por flatulencias e insultos, es el alterego involuntario de su creador, un sensible comediante. Cuando se enfrasca en repetidas burlas al candidato conservador, el de la enorme maquinaria de votos y preferido a ganar, se da cuenta de que puede llevar la broma más allá lanzándose él mismo, el oso, como candidato. Iniciar una relación con la improvisada candidata de la izquierda no ayudará a mejorar su rol como comediante, como político, como ciudadano.

The Waldo Moment, el capítulo que termina la temporada no puede ser menos que profético. Tal parece ser una farsa, al ser una repetición. Primero como tragedia, y luego como farsa, decía Marx, farsa de la que no podemos escapar.

Dice Byung-Chul Han, con mucho atino, que la propaganda electoral y el marketing publicitario ya no tienen ninguna diferencia, que los votos ya no son votos sino nichos de mercado, que no somos ciudadanos sino consumidores. Esto no es una exageración: sólo recuérdese cómo los partidos políticos, de todo el espectro, se siguen refiriendo a los electores como “sus votos”, sus “clientes”.

En The Waldo Moment también se hace evidente cómo en las tecnologías hay un gran peligro con el que ellas están jugando con nosotros, cuando le invitan a continuar su campaña en otros países pues los números indican que tendría gran éxito ahí, y sería un oso expiatorio para derrotar candidatos.
Ya está desapareciendo la idea de que la tecnología iba a crear un Gran Hermano que nos vigilaría. Nosotros somos nuestro propio Gran Hermano. Con facilidad y sorna nos acusamos y exponemos en toda plataforma que encontremos. El narcisismo que alimenta Facebook, Twitter, Instagram, Snapchat, WhatsApp y cualquier plataforma que vendrá tiene el otro perverso lado de funcionar como un panóptico y hervidero de caballeros y damas de la moral y las buenas costumbres.

Al ver cómo Silvio Berlusconi, acusado de tener sexo con prostitutas menores de edad y de terribles casos de corrupción es invitado a un show en vivo de televisión para entretenimiento cómico, Slavoj Zizek ve contundentemente que ése es el signo del fin de los tiempos: el autoritarismo que enfrentaremos en el siglo XXI -y que ya empezamos a verlo de frente- no es el de un Hitler, Mussolini o Díaz Ordaz con expresión seria y molesta, sino un payaso que es divertido. Es divertido ser un corrupto, es divertido tener sexo con prostitutas menores de edad, es divertido ser abiertamente un inepto o imbécil para el trabajo de servicio público que a uno le es encargado.
Este ambiente, perfecto para más Waldos, Trumps, Peña Nietos, Le Pens, Mays, etc., etc., etc., es sintomático de la obvia crisis de la institución que se está sufriendo en todo Occidente. Crisis de los partidos políticos, crisis de los presidentes, crisis de la democracia, crisis del electorado, que se suma a la perpetua crisis económica, crisis de seguridad, crisis de valores, crisis de la salud, crisis de la honestidad, crisis de la transparencia, crisis de la dignidad, en fin, crisis de las instituciones.

El modo de salir de este agujero negro en el que estamos sumergidos es reconocerla en todos los sentidos, pero diferenciarla de la crisis de la institucionalidad. La crisis de la institución reconoce que un abierto imbécil como Peña Nieto o Trump pueden ser, y son, presidentes de un país. Es evidente que la primera víctima aquí es la institución presidencial. Que un procurador de justicia diga “ya me cansé” es sintomático de la crisis en la agenda de seguridad de este país. Que un canciller diga que “viene a aprender” es sintomático de la crisis de las relaciones internacionales de este país. Pero todas estas crisis son crisis de las instituciones. Nunca debemos perder la fe en la institucionalidad.

Perder la fe en la institucionalidad es perder la fe en que las instituciones deban de existir. Quienes sin reflexión alguna, o una muy pobre, piden “que desaparezcan los diputados” demuestran que no pueden diferenciar entre la intención detrás de la creación de los diputados (como representantes de la diversidad de un territorio) y el club de simios e ineptos que en su mayoría conforman la Cámara de Diputados. Creer que un diputado es mejor porque tiene más estudios (como los que critican a Carmen Salinas que sea diputada con sólo tener la primaria), es olvidar que tener doctorados en el extranjero no es garantía de mejor servicio (como los últimos presidentes tecnócratas que se han tenido en el país).

Se puede salvar a la institución, yhabrá que tener fe en la institucionalidad. El cambio está en uno, pero eso no es sinónimo de que todos van a cambiar. A veces hay que dar el primer golpe, ejercer un amor sin piedad (como dice Zizek en el libro homónimo). Y no estoy diciendo que esto sea por la vía armada, pero sí estoy diciendo que el modo en que creamos que haya que dar golpes, habrá que dar esos golpes. Si creemos que la vía es lo pacífico, hay que ejercerla todos los días, hay que depositar confianza en el voto y en la vía de la institucionalidad, por más que desconfiemos de la institución. Si creemos que la vía es el arma -y yo no estoy de acuerdo en que ésta sea la vía- habrá que ejercerla hasta sus últimas consecuencias: si crees que el modo es el arma, entonces toma el arma y ¡dispara!

No estoy diciendo que haya que disparar contra la institución, por más que se nos dificulte no sentir ese impulso cuando vemos un video en el que un policía mueve una motocicleta de un lugar destinado para estacionarlas para poder multarla y llevársela, o cuando vemos que los diputados se aprobaron otro bono millonario para navidad. Lo que estoy diciendo es que debemos salvar la institucionalidad para salvar la institución, y que el camino es elegir un camino ya, porque no habrá un mañana.
Como dice Zizek, ya no hay tiempo de planear utopías, sino que hay que practicarlas. Esto no significa que debamos actuar sin pensar. La lucha activista con frecuencia ignora a la academia, y aquí hay un error muy grave, pues se cree que primero se debe “acceder al poder” o “empoderarse” para luego ver cómo cambiar las cosas.

Al decir que ya no hay tiempo de planear utopías, sino practicarlas, lo que significa es que toda esa reflexión no debe sólo quedarse en reflexión, sino que cada esfera de nuestra vida debe convertirse en un camino a evitar que haya otro oso azul idiota que termina en segundo lugar, o un conservador que es lo-mismo-de-siempre que gana, o una izquierda desarticulada que improvisa candidatas. Hay que pensar que un futuro mejor es posible, y para que efectivamente sea posible, hay que ejercerlo, pues como termina el filósofo, el futuro será utópico o no habrá futuro.

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