Por Yobaín Vázquez Bailón

La literatura no está exenta del fanatismo. J. K. Rowling es una neo diosa para millones de personas. A veces, hay gente que no se considera lectora de Salinger, sino fan. Es problemático cuando se deja de percibir la frontera entre reconocer la importancia de una obra o idolatrarla conjunto a su autor. Esto, que parece propio de jovencitas consumidoras de Crepúsculo, es también parte de los que se consideran lectores “serios”, incluso de escritores. Los resultados son igual de absurdos: ven a Carver como el culmen de la cuentística y, todavía peor, elevan a Bolaño como máximo exponente de la literatura en Latinoamérica.

No dudo que estos y otros autores tengan un aporte valioso. Carver es buenísimo. Bolaño es cautivante. El error es analizarlos, comentarlos y quererlos hiperbólicamente. Los convierten en ídolos, abstracciones que no dicen nada o intentan decirlo todo, en exaltaciones unánimes que fuerzan su simpatía, el sex appeal que sólo deben tener por su escritura. El peligro de reconocer la genialidad de un escritor es alarmante: detiene la crítica, la capacidad de dialogar, de dejarlo respirar entre generaciones, de confrontarlo. Porque, ah, cómo vas a decir algo malo, si a cientos y millones les gusta. Ni se diga cuando también está validado por el canon.

Da ternura que pasen por alto una simple verdad universal: leer es combatir. De esto no se salva ni Borges. El que escribe debe tener en cuenta que no es monedita de oro, que ese no es su objetivo. Todo lo contrario, si escribe es porque va a aguantar vara, que le tiren mierda. El escritor quiere ser refutado. Vargas Llosa es un claro ejemplo. Si un lector, o fan, se molesta porque dijeron algo de su libro o escritor favorito, debe replantearse en primer lugar por qué lee y por qué lee como lee, y finalmente, por qué es tan susceptible y chillón. De verdad admiro a los fans, o lectores, de Paulo Coelho. Nadie como ellos resisten caprichosa y estoicamente el embate de la mofa.

Hay otros lectores, en cambio, que dan penita cuando pregonan sus altas y trascendentales lecturas. Al final vienen siendo otra horda de fanáticos que no le piden nada a las señoras copetonas y calenturientas y adoratrices de Cincuenta sombras de Grey. ¿Pero adivinen qué? Si te mama Sartre a los quince años, posiblemente lo estés leyendo superficialmente, al calor de la hormona. Si adoras con todo tu corazón a Bukowski a los treinta años, seguramente tienes problemas cognitivos y es necesario un chequeo médico; puede ser un tumor. Si lees Rayuela a cualquier edad, no hay problema: es una etapa, vas a superarlo. Si Diablo guardián te parece una obra maestra, ¿cómo puedes levantar la cara?

No hay concesiones para estos lectores del cliché. Tampoco se vale crear justificaciones que solo se le perdonan a lectores primerizos. Decir: “yo leo lo que me gusta” o “yo leo lo que se me da la gana” deja de tener sentido conforme avanza, o se supone debería avanzar, el pensamiento complejo. Llega un momento en el que tienes que leer lo que no te gusta, lo que desagrada, lo que no se puede digerir, lo que te contradiga. El error más común de un darks es creer que Poe o Lovecraft tienen la llave de las tinieblas, cuando quizá la oscuridad pueda encontrarse en textos más luminosos. Sólo en el contraste de lecturas nace el enriquecimiento de ideas.

Por el contrario, casarse con un escritor y una obra es caer en la fantochería y la presunción. Tal como Peña Nieto presumiendo haber leído la Biblia. Los que incurren en estas barbaridades se basan en una postura miope del alcance de la literatura. Tienen la sensación de estar en comunidad con gente que piensa igual y se estremece con las mismas lecturas. Todavía más, se consolidan a ojos de cualquier hijo de vecino como chidos y cool. Maluma no fue baboso, escogió a Camus para promocionarse lector; porque Camus rifa, Camus rockea, ¿no? Ay de aquellos que no se les cae de la boca a Bolaño, si leyeran a Rubem Fonseca se quedarían callados. Ay de los que brindan en nombre de Carver, es porque desconocen la literatura japonesa. Para ellos tengo un consejo: no sean mamones.

Estos groupies literarios son los menos importantes. La cosa se pone seria cuando no solo se admira a un escritor, si no que se anhela ser como él o ella. Mucho denominado escritor novel se deslumbra ante el encantamiento de una técnica o estilo particular de escribir, se apantalla y confunde. Hacen el intento de repetir fórmulas, experimentaciones y temas. Imitan, hacen parodias involuntarias, se convierten en un triste reflejo del talento que no poseen. Lo más lamentable: no le tienen miedo al ridículo. Quedan expuestos como discípulos de un escritor que no los necesita ni los llamó a seguir sus pasos.

Pero qué honor para ellos decir: “mis textos son carverianos”. Qué orgullo refrendar “mis intenciones bolañianas”. Alguien debería darles un zape. Sí, Carver revolucionó la manera de contar historias. Lo siguiente es preguntarse, ¿y? Bolaño tiene una prosa encantadora e irresistible. El problema es que se quedan allí y no se preguntan, ¿qué más? Carajo, la curiosidad es innata en el lector. No entiendo por qué alguien quisiera estar a la sombra de ellos, como perritos falderos que muerden a la menor interrogación. Por qué tratan de igualarlos, por qué renuncian a su individualidad, por qué no reniegan de ellos. Nada más se le puede amar incondicionalmente a George R. R. Martin, y no por su escritura, sino porque está rechonchito.

Creo entender por qué alguien caería tan bajo. Asociarse con la figura de un escritor mamalón les hace creer que son parte de una elite. Tienen la sensación de poseer refinamiento cultural e intelectual, por lo tanto, su propia escritura se vuelve irrefutable. Hasta para eso son cortos de miras: cuando elogian un texto de corte carveriano no elogian la capacidad creativa del imitador, sino el poderío literario de Carver. Amigos, dense cuenta.

Una vez Gombrowicz aconsejó a los argentinos que mataran a Borges; metafóricamente, claro, para deshacerse de su terrible y pesado influjo que aún perdura. Lo mismo puedo decirles: maten a Carver, maten a Bolaño. Exorcícenlos de sus cuerpos. ¿No ven que les hacen daño? ¿No ven que los hacen quedar mal? ¿No ven que los hacen escribir pésimo? Hay vida más allá de su lectura. Se llama sentido común.

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