Por Alfredo Bojórquez

Ilustración por Nona Polanco

Al hacer un zoom hacia fuera, la literatura maricona aparece junto a otras literaturas menospreciadas, como las de las mujeres, los autores indígenas, obreros, etc. Las primeras dos suelen compartir mesas en los coloquios y el color rosado que las editoriales utilizan en los cinturones de los libros, para competir mejor en el mercado editorial. Desde esa distancia, la literatura jota se puede ver como un sistema compuesto de variaciones, como propone Franco Moretti en Lectura distante (2015).

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Así, podríamos juntar a Reinaldo Arenas, Manuel Puig (inicialmente excluidos del boom latinoamericano) con Ulises Carrión, Teo Hernández (recientemente canonizados en el arte contemporáneo), Jean Genet, Pedro Lemebel, Witold Gombrowicz y otros.

Aunque no compartan disciplinas, géneros o épocas, todos son variaciones de la disidencia sexual y artística. En todos hay un interés por lo popular y el cuerpo, a ninguno le ha sido fácil ganarse un lugar digno en la escritura y el arte.

Witold Gombrowicz (1904-1969) fue un escritor polaco que vivió 24 años exiliado en Argentina. Al estar en Buenos Aires cuando estalla la Segunda Guerra Mundial, decide quedarse ahí. Ferdydurke  fue su primer texto exitoso, en él hace una crítica al nacionalismo de Varsovia que le dio fama como autor. Su obra fue censurada por la Polonia comunista, en cambio a través de Jerzy Giedroyc, fue publicado en Francia y contrabandeado hasta su país de origen. Trasatlántico fue otra obra aclamada y representada en París. Pero uno de sus trabajos más interesantes es su Diario. En 1955, al propósito de la virilidad que tanto le llamaba la atención de los homosexuales de Retiro, anota:

Para evitarlo [que un “toro super potente” no cargara contra él] tenía que encontrar una posición diferente —fuera del hombre. De la mujer, pero que no tuviera nada que ver con el “tercer sexo”—, una posición extrasexual y puramente humana desde la cual pudiera ventilar esas regiones sofocantes contaminadas por el sexo. No ser hombre por encima de todo, ser un ser humano que sólo en segundo lugar es hombre; no identificarse con la virilidad, no quererla… Sólo cuando con decisión y abiertamente me liberara de la virilidad, su juicio sobre mí perdería virulencia y podría entonces decir muchas cosas que de otra manera no se podrían decir (187).

De esta manera, Gombrowicz confronta la masculinidad. La posición de la que habla es la identidad que hoy llamamos cuir: todos los matices sexuales e identitarios que trascienden el binarismo que sólo alcanzaba a ver lo heterosexual y la homosexualidad, aplanando los matices. El novelista habla de que la virilidad es algo que podemos decidir rechazar. Al hacerlo él se liberaría y sería capaz de escribir cosas que antes no tenía permitido. polaco niega con estas líneas el lado viril en el que se le socializó como varón, líneas antes señala que a otros hombres:

La virilidad desenfrenada no sólo les quitaba el sentido de la justa medida, sino también toda intuición sobre la manera de actuar en el mundo: allí donde se debía ser elástico, el hombre se abalanzaba, empujaba, se lanzaba con todo su ímpetu vociferando. Todo en él se volvía excesivo: el heroísmo, la severidad, la fuerza, la virtud.

En otras páginas el autor desarrolla la importancia de la intuición, algo que no suele transmitirse en la educación masculina. La intuición le sirve para atacar a la crítica literaria: insiste en que es más difícil escribir literatura que sobre literatura, precisamente porque lo segundo es un trabajo mental, racional; mientras que lo primero, el quehacer literario de calidad no puede evadir el desarrollo de las emociones. Gombrowicz aboga de manera consistente con la posibilidad de ser elástico, como señala en esta cita, porque le repugna la brutalidad de los hombres y de todos. Por eso promueve la mesura.

Como señala bell hooks en su maravilloso The will to change (2001), los hombres fuimos socializados para bloquear nuestras emociones y esto suele resultar en una incapacidad para amar en un sentido profundo. En cambio, la única emoción que tenemos permitido mostrar los hombres en el patriarcado es el rencor, la ira, el enojo.

Yo por eso me identifiqué con la literatura de Arenas en muchos años, que es una literatura basada en el odio. En su caso, la amistad con José Lezama Lima y otros maricones célebres de la isla no detuvo la persecución gubernamental por su homosexualidad y anticastrismo explícito. Su sensibilidad era un modelo del literario encabronado. Me mostró un camino escritural para destilar mi furia, me sumergió en el mundo literario hace una década. Pero vivir con rencor, para él y para mí, es enfermar el alma. Es vivir en ese exceso que Gombrowicz señala como propio de la virilidad. Es escribir sin confrontar lo áspero de nuestra educación masculina.

Más tarde me identifiqué con otros maricas como Puig, que es para mí el más grande ejemplo de una literatura experimental que sí pretende ser leída. Yo me siento más cómodo a solas con Boquitas pintadas o El Portero que con las obras importantes de James Joyce. Disfruto las formas literarias de Puig y con el paso de los años, me di cuenta de que Arenas, como muchos militantes, hizo del resentimiento una posición política, además de la ruta estética: la hipérbole humillante, el ataque, el cinismo. Otros maricones son más hedonistas y se deleitan en el gusto de consumir y producir productos estéticos sin perder el sentido crítico. Entre ellos, el mismo Gombrowicz.

La obra del polaco sigue permitiendo distintas lecturas. En 2013, Rita Labrosse publica un diario íntimo e inédito, “Kronos” que hizo resurgir el interés en su obra. La literatura de Gombrowicz, que como la de Arenas podría comentarse exclusivamente en sus aspectos políticos o sexuales, también transmite valores y una sensibilidad particular.

Para él, la mesura y la intuición son valores que desarrollan los hombres que le pierden el miedo a la feminidad. Hoy diríamos, con bell hooks, que son dos valores importantes para despatriarcalizar la masculinidad. En eso la literatura maricona marca la pauta y ofrece una ruta para sensibilizar, para educar las emociones. Gombrowicz explica en su Diario que para él es mucho más importante la actitud con la que tomamos una posición que la postura política, ideológica o sexual misma. En el caso de la diferencia sexual, él siempre la mantuvo de algún modo velada o diagonal, no quería ser excesivo ni siquiera en eso.

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