Por Yobaín Vázquez Bailón

No voy a hablar de la muerte de Fidel Castro. Prefiero hacer referencia a unas vacaciones familiares. Tristán Noblia es un periodista argentino convertido en productor de televisión comercial para mejorar su condición de vida. Gana más dinero, tiene una casa bonita y le ofrece a sus hijos escuelas privadas. A cambio de ello, está mucho tiempo fuera de casa porque la carga de trabajo es abundante. En Navidad quiere regalarle a su familia una viaje y la opción ideal es Disneylandia, pero Tristán prefiere vacacionar en Cuba. Si fuera mi padre, lo mato.

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Este viaje está documentado en Vacaciones con Fidel (2013). Inicia con la clara decepción de los hijos, pero poco a poco se van acoplando a esa tierra extraña. Tristán quiere que sus hijos conozcan lugares y gente comunes, no escenarios plastificados. Pero también quiere indagar periodísticamente qué tipo de vida se lleva en Cuba. Sabemos de este país dos versiones: la Cuba sin analfabetismo, con el mejor sistema de salud de Latinoamérica y sin tasas de desnutrición; luego la Cuba no democrática, racionada y asfixiada políticamente. Pero la realidad es más ambigua que estas dos versiones. Una señora comenta de la cotidianeidad cubana: “No hay programación. Usted se levanta y de acuerdo con lo que presenta el día, así usted resuelve”. Esto es más revelador que una cifra, un logro en los discursos o una crítica sin fundamento.

A pesar del resultado de la Revolución —sucio por campos de trabajos forzados y asombroso pese al embargo económico— los cubanos no están del todo contentos. Por mucho que adoren y alaben a los Castro, siempre acaban por mencionar grietas en el sistema. Anhelan viajar libremente fuera del país, tener casas que no se están cayendo, que no escasee la comida. ¿Todo es culpa del imperialismo yanqui o todo es culpa del centralismo castrista? No se puede ser tan maniqueo pero tampoco tan inocente. Un joven dice acerca de un exiliado: “en realidad migró por problemas económicos, no por problemas con el régimen”. En México, al menos, tener problemas económicos es tener problemas con el mandatario.

Pero volvamos con Tristán. No logra mostrar el día a día cubano, y lo que es peor, expone una imagen turística del país de la que ya hay cientos. En el documental Cuba no deja de ser, como siempre, la exótica república comunista. Por eso, no sirve de nada que Tristán filme el proceso de compra mediante libreta. Es lo mismo que si registrara el procedimiento de un mexicano para ir al OXXO por alimentos. En apariencia, las dos prácticas son exitosas, pero no se ve lo que hay detrás: los bajos salarios o explotación, las largas colas o la insuficiencia.

Tristán Noblia no llevó a su familia a Disneylandia, pero Cuba es algo similar. La isla puede ser atractiva como esos viajes turísticos para conocer las favelas de Brasil o los barrios bajos como Tepito. Nomás para saber qué se siente comer moros con cristianos y tomar ron. Los Noblia se hospedan en casas particulares donde los hacen parte de la familia y en los lugares donde comen entran a la cocina y platican como si estuvieran en casa propia. Es una experiencia que no ofrecen los hoteles Hilton o los McDonald’s.

Quién sabe si la fórmula para mantener vigente al régimen sea convertir a la nación en un parque de atracciones: Castrolandia o Comunismo Flags, antes que mantener viva una revolución añeja. Fidel Castro murió y quizá es momento de ofrecer paquetes vacacionales para solaz de quienes huyan, al menos en vacaciones, del aburguesamiento capitalista.

 

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