Por: Andrea Fajardo

Ilustración de Jimena Duval

“Siempre que me preguntan cómo llegué a ser feminista, digo que yo no me hice feminista, siempre lo fui. Desde niña. Y no porque leyera un libro.”  

Chimamanda Adichie

 

Pienso que mi madre, sin saber quién es Simone de Beauvoir, siempre ha sido una mujer feminista. Ella nunca ha leído un libro sobre estudios de género o feminismo, jamás ha escuchado los nombres de Silvia Federici, Betty Friedan o Angela Davis, no sabe qué significan algunos conceptos como identidad de género, patriarcado, cultura de la violación, etc. Sin embargo, casi todas las decisiones de su vida han estado impulsadas por una constante resistencia a todo lo que haya intentado anular su individualidad. Para mí, eso es lo más feminista que puede existir.

Su nombre es Amparo, creció con una familia adoptiva en Girardot, Colombia. Entre todos sus hermanos ella era la de “carácter difícil”, la que siempre renegaba de todo. La que corría al baño para quitarse los peinados que su madrina le hacía para las fiestas familiares, o la que rompía los vestidos con olanes que la obligaban a usar. Era la más contestona y orgullosa, la que nunca aceptaba culpas que no tenía. Por lo mismo siempre fue la más castigada, y los castigos iban desde no poder ir al baile del domingo, hasta que le quemaran las manos en un comal. 

Algo de lo que siempre estuvo segura, es que en la casa donde creció nunca se sintió libre de ser ella misma, y por más que lo intentara nunca encontró una razón lo suficientemente fuerte para justificar la violencia que su madrina ejercía sobre ella y sus hermanas. Porque solo era así de severa con las mujeres de la casa. Los hijos varones nunca recibieron un golpe por no lavar bien una olla o servir mal el café. Nunca tuvieron que hacer nada de eso, para empezar.

En esa casa yo me sentía sometida. Una vez  el esposo de mi madrina, a quien yo consideraba un padre, me hizo una pregunta que me dejó sin palabras. La pregunta fue que si Carmen [su madrina] se moría algún día, que si yo me casaría con él

Para ella, a sus 19 años, esa pregunta fue el empujón que necesitaba para decidir irse de su casa y así lo hizo, cortando toda comunicación con la familia durante casi 40 años. 

A veces pensamos que el feminismo es solamente un conjunto de teorías y corrientes de pensamiento que se discuten y se analizan en los foros académicos o en la ONU Mujeres. A mí al principio me parecía un conocimiento inalcanzable, que solo se encontraba en los libros y del que apenas podría llegar a captar algunas ideas sueltas. Claro, el primer libro feminista que abrí en mi vida fue El segundo sexo de Simone de Beauvoir, obviamente no le iba a entender nada de buenas a primeras.

En Facebook circula últimamente una imagen que dice: “Lo más revolucionario que puede hacer una mujer es hablar de su vida como si importara”, en palabras de la escritora y activista Mona Eltahawy. Mi mamá me ha contado su historia desde que yo era una niña, siempre con la intención de ayudarme a comprender lo valiosa que es la autonomía y la independencia para una mujer, y lo difícil que es el proceso interno que se vive para llegar a ello. Enfrentar inseguridades, miedos, angustia, indecisiones, la mirada de los otros sobre ti, el debate entre cumplir las expectativas pero también escucharte a ti misma… Toda decisión importante tomada por una mujer, está atravesada por alguno o todos estos factores.

Me avergüenza un poco admitir que por mucho tiempo no me pareció una historia inspiradora o relevante, me dediqué a ignorarla y a creer en todo lo que el mundo de afuera me estaba haciendo creer. Hasta que conocí el feminismo, a través de la teoría y el pensamiento crítico, pero sobre todo hasta que comencé a tener más amigas, a escuchar más experiencias y a mirar el activismo de las mujeres organizadas. Desde ese momento, recordar la historia de mi mamá como mujer nunca volvió a ser lo mismo. Era como conocer a una nueva mujer.

Las maneras de acercarnos al movimiento siempre varían. Algunas conocimos a una mujer feminista que nos inspiró y nos recomendó lecturas, otras vieron un día una concentración de mujeres en el espacio público y sintieron curiosidad, otras tocaron fondo cuando fueron víctimas de violencia y en la búsqueda de información y recuperación, se encontraron con el feminismo. El punto común en ese primer acercamiento es que hay una sensación de inconformidad. Algo que es molesto y que en el fondo sabemos que no es natural, que esa subordinación aprendida y asumida también por nosotras mismas, es un engaño.

Betty Friedan lo describe en su libro La Mística de la Feminidad como “el problema que no tiene nombre”. Aquello que históricamente las mujeres nos hemos preguntado una y otra vez, en silencio, con temor y ansiedad, que se vuelve una inquietud casi imposible de calmar: ¿Esto es todo? ¿Esto es lo que merezco o lo que quiero?

Bien lo dice Chimamanda Adichie con toda la espontaneidad que la caracteriza: “yo nunca recibí ese informe en el que se me comunicaba que era un ser inferior”. Tampoco a nosotras se nos comunicó que éramos seres dependientes en todos los sentidos, que respondemos siempre a alguien más (especialmente un hombre) y que no somos dueñas de nuestra vida ni nuestro cuerpo.

Una de las aportaciones más significativas que se han dado al movimiento feminista de nuestro tiempo, la otorgó el feminismo radical estadounidense de los años 60-70 y fue la organización de grupos de autoconciencia y conversación, llamados originalmente por la escritora Kathie Sarachild “consciousness-raising” (autoconciencia feminista). 

El propósito de estos espacios era despertar esa conciencia que todas las mujeres podemos llegar a tener sobre las opresiones que vivimos, que a veces se presenta como una intuición o incomodidad, más que como un pensamiento claro y estructurado. En estos círculos de conversación, cada mujer se proponía explicar las formas en las que experimentaba la opresión, con el fin de propiciar una reinterpretación política de sus vidas. Estaban teorizando desde la experiencia personal y no solo desde ideologías estudiadas previamente. 

Si hay algo que realmente nunca se nos enseña a las mujeres es a decidir, tener autonomía y hablar de lo que somos y sentimos. No se nos enseña a estar con nosotras mismas y cuidarnos, al menos no sistemáticamente. De las muchas causas por las que lucha el feminismo y lo seguirá haciendo, creo que esta es la más importante, porque nos da el impulso para pelear por las demás y nos conecta con la realidad de otras mujeres en contextos diferentes. 

Para que podamos nombrar al feminismo, un gran número de mujeres tuvieron que sentirse  incómodas con el lugar inferior al que estaban destinadas a lo largo de la historia, no es algo nuevo. Desde esa incomodidad, que es un impulso vital e intuitivo, se ha desprendido todo un movimiento político e ideológico, cuya esencia es muy específica pero también universal: las mujeres son personas y merecen ser reconocidas como seres individuales, con derecho a decidir sobre sí mismas.

Para mí el feminismo es una forma de vida. Una postura que emerge en lo cotidiano y que está permeada de historias muy diversas. Pero sobre todo, que no está alejada de la experiencia humana de las mujeres, al contrario, nace de ella. Para que exista la teoría y la reflexión necesita haber una pregunta, y esa la tenemos todas, aunque parezca estar muy escondida.

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