Por Yobaín Vázquez Bailón

Enero es el mes en que todos nos preocupamos por hacer ejercicio. Muchas veces esta preocupación no tiene que ver con la salud, sino con la vanidad. Sabemos que en la cultura visual de nuestros días, las personas somos por cómo nos vemos. No es que antes no importara el físico, lo que ocurre es que ahora es casi una obsesión. Desde que Facebook se popularizó, nuestras relaciones personales se basan a partir de fotos y likes. Al menos esto es algo que sustenta un experto en el documental Vigor (2012) de Diego Cortés y Alfonso Rivera.

No es de extrañar que, para lucir mejor, las personas nos volquemos desesperadamente hacia la dieta de moda o los ejercicios caseros más prometedores. Otros tantos buscarán esculpir sus cuerpos en gimnasios u otros centros de ejercitación. De esos tantos habrá un porcentaje que se sentirá insatisfecho con los resultados de las pesas y máquinas de tonificación para el cuerpo, y por ello recurrirán a los ciclos.

En el argot de los amantes del físico, los ciclos son un régimen basado en la inyección o consumo oral de sustancias anabólicas y esteroides para desarrollar musculatura en poco tiempo. A esto se le suma, generalmente, una dieta basada en proteínas y suplementos alimenticios y entrenamientos exhaustivos. ¿A poco creen que esos cuerpos definidos que presentan los comerciales de máquinas de gimnasio son resultado de abdominales y sentadillas?

Hay quienes tienen una genética para envidiar, pero los que no fueron bendecidos con un cuerpo moldeable, ven en los ciclos y en la tortura de su cuerpo la opción ideal para potencializar su atractivo.

Lo que cada quien haga para verse mejor es su problema. Cortés y Rivera no tratan de exponer los secretillos del mundo del gimnasio, sino que ponen atención a la enfermedad relacionada con el culto al cuerpo, la vigorexia. Dicho de manera simple, la vigorexia es la obsesión por ejercitarse para presentar una mayor musculatura de la que se tiene, lo que conlleva a abusar de entrenamientos y sustancias que, mal suministradas, ponen en riesgo de construir músculos monstruosos, padecer enfermedades e incluso pueden llevar a la muerte.

No todos los que asisten a los gimnasios son vigoréxicos, claro está. Pero de entre aquellos que asisten, al menos un porcentaje puede ser susceptible a padecerlo. Para ello necesitan coincidir las presiones sociales y mediáticas con una personalidad tendiente a la obsesión compulsiva. Todos nos hemos sentido presionados por las imágenes que vemos a diario de cuerpos esbeltos o musculosos. Queremos parecernos a esos cuerpos porque se les asigna valores de éxito social, laboral y sexual. Sin embargo, unos simplemente nos sentiremos mal durante unos segundos por carecer de músculos y a otros les rondará en la cabeza perseguir ese éxito a como de lugar.

La personalidad es lo más preocupante. Dicen los expertos que las personas tendientes a la obsesión y que sufren de baja autoestima, ya sea porque anteriormente fueron muy gordos o muy delgados, pueden padecer vigorexia. Comúnmente los vigoréxicos le tienen fobia a su cuerpo y experimentan alteraciones de su imagen (siempre se verán ante un espejo gordos o flacos). Otros factores de vulnerabilidad son el perfeccionismo, la necesidad de aprobación, la necesidad de control y la baja tolerancia a la frustración.

Un vigorexico no podrá detener sus ansias de músculo. De ello se aprovechan los que venden anabólicos y esteroides, su venta no necesita recetas médicas y están al alcance de un click. El documental advierte sobre los intereses económicos para que los ciclos permanezcan como una economía sumergida e informal. Se ganan millones por vender estas sustancias a todo aquel que lo pida y pueda pagarlo. Saben que las personas invierten en su cuerpo y elevan los costos porque el precio no está regulado.

No se puede confiar que al asistir a un gimnasio o tratar de llevar una vida activa sea absolutamente saludable. Por ello siempre se recomienda el asesoramiento médico y de entrenadores especializados antes de comenzar una rutina de ejercicios. De lo contrario, uno está a la merced de sus propios demonios que le indican caminos cortos para obtener resultados inmediatos y de personas que por vender anabólicos no les interesa el bienestar de sus consumidores.

Yo por eso no les tengo envidia a los que asisten a los gimnasios y tampoco admiro a los que tienen un cuerpo de acero. Nadie sabe si lograron esos músculos con esfuerzo o consumiendo chochos. Lo único cierto es que el cuerpo siempre pasa factura cuando se le explota. Juro que lo digo sin la mala leche de un fracasado en el ejercicio.

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