Por Yobaín Vázquez Bailón

Ilustración de Luis Cruces Gómez

A riesgo de quedar como un farsante, me atrevo a decir, como antes diría Borges del nazismo, que nadie en la soledad central de su yo puede anhelar que el PRI triunfe. Ni siquiera el presidente. Desde el militante base hasta el propio candidato ruegan y hacen todo lo posible para perder.

La razón es demasiado obvia: el PRI se ha vuelto insoportable y trágico para sí mismo. Amén de ser insoportable y trágico para toda una nación. Lo saben y lo aceptan. El régimen necesita un descanso, lo pide a gritos Salinas de Gortari.

Ya no cabe duda, este partido es una imposibilidad mental y moral para el país, incluso una imposibilidad estética: ser priista es naco (ojo, el PRI abraza tanto a banqueros como a jodidos. No es un prejuicio de clase esta aseveración). Que en las campañas sucias dediquen esfuerzos para atacar al candidato que va en segundo lugar me da la razón. Aspiran únicamente a ocupar ese puesto, como premio de consolación. Hasta ese grado de mediocridad han llegado.

Sin embargo, por mucho que el PRI quiera sabotearse, necesita de nuestra ayuda. Debemos señalar, muy a nuestro pesar, quién será el sustituto. Tarea que se antoja sencilla al tener en claro que nadie puede ser peor que el actual mandatario. La realidad dice otra cosa, todavía podemos caer más bajo. Entre que se ha perdido las convicciones políticas y el nihilismo electoral se vuelve cada vez más seductivo, puede hacer que estas elecciones sean un festín para los votantes tozudos del PRI. Este es un escenario de miedo, tal como lo que pasó seis años atrás. Aprendamos la lección.

Allá en 2012, los estudiantes tuvimos la oportunidad de hacer la diferencia, no como votantes, sino como fuerza moral. Señalar a un candidato que no fuera del PRI, tan sólo por no ver el retorno de este partido, le hubiera dado ventaja a cualquiera. Otro gallo cantaría. ¿Qué pasó? No pudimos pensar estratégicamente. Nos comportamos como universitarios sangrones que exclamaban: “is qui simis apartidistis”. Quisimos promover el voto informado y reflexionado, que se democratizara el país a partir de la democratización de los medios de comunicación. Crear ciudadanía a escasos meses de las elecciones no era ni remotamente posible después de que el Estado construyó clientes y tele-espectadores en, vamos a ver, casi 70 años de priismo y 12 de panismo. El resultado fueron los ayes y los “me dueles México”. Fuimos patéticos.

Hasta aquí ya deben sospechar hacia dónde me dirijo o hacia quién apunto. Si el PRI quiere ser derrotado, debe hacerlo a lo grande, contra aquel que desdeñan y continuamente burlan. No me voy a hacer pendejo y mucho menos quedar como lamebotas. AMLO no es la esperanza de México, difícilmente alguien lo puede ser. Su mentalidad ni siquiera es incompatible con la de un evangélico promedio, sus ideales no difieren en mucho a los de cualquier político, su espíritu no contradice en nada al capitalismo neoliberal. Muchos lo quieren ver como el “menos pior” de todos, pero es conveniente pensarlo en otros términos.

La opción preferencial por este sujeto corresponde a efectos drásticos. Queremos que el PRI se vaya a su casa, no alzar una efigie al nuevo gobernante. Sé que el pragmatismo es hermano de la resignación, pero mientras la sociedad civil no se decida a intervenir activamente en la democracia, necesitamos usar incluso los lastres a nuestro favor. Sabemos pues, que los candidatos son homogéneos; aquí no hay de chile, dulce o manteca: puro de masa. Sabemos que las propuestas son esencialmente las mismas y la personalidad de los contendientes apenas se distinguen por la del niño, el maduro y el viejito. Es legítimo que la gente piense y diga que votar es elegir por lo mismo. Sí, pero dejamos de lado que en democracias en pañales como la nuestra, votar es elegir por una reacción distinta:

Si gana el PRI será elegir por la reacción de la angustia.
Si gana el PAN será elegir por la reacción del desaliento.
Si gana MORENA sería elegir por la reacción del “bueno, vamos a lo desconocido”.

Esa es una reacción parecida a la que sienten los aventureros y, de todas las reacciones, la más conveniente. Necesitamos esa expectativa, ¿qué va a pasar?, ¿cómo vamos a cambiar?, ¿quién la va a cagar? No digo esto con inocencia, tal vez las respuestas ya las sabemos: nada, de ninguna forma, todos. Incluso yo veo que un triunfo morenista es, en buena medida, una contribución al estatismo. Cambiamos de amo, de formas de blandir el látigo, pero no de yugo. O en otras palabras, seguiremos con el mismo planteamiento económico, el mismo planteamiento democrático, el mismo planteamiento social. AMLO no puede ser un redentor, no tiene la capacidad para serlo. No es tarea de un solo hombre.

Necesitamos comprometernos con esta aventura. Necesitamos no darle tregua al nuevo presidente, ni un resquicio para que continúe el eterno retorno del PRI. Necesitamos desmantelar aquello que nos hace tener candidatos impresentables. Necesitamos imaginar nuevas formas de jugar en la democracia. Necesitamos criticar. Necesitamos pensar cómo elegir a un representante en términos que no sean prácticos. Es urgente.

Quizá en seis años el PRI ya no quiera ser derrotado.

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