Por Katia Rejón

Conocí a Fernando Paredes Milonás justamente cuando ya no existía. Una nota entre tantas de Internet llamó mi atención: Bibliotecario del Congreso se suicida. En la noticia el reportero decía como una curiosidad que el bibliotecario también era escritor. Busqué su nombre y leí por primera vez –de muchas- a Fernando. En 2014 después de devorar Matamoscas (2012), Al Diablo Adentro (2009), El Cuerpo Remendando (2011) y los primeros números de la revista Turgente, todos de la editorial Disculpe las molestias de Leonardo Garvas, amigo y editor de Fernando, organicé un homenaje pequeño en la Biblioteca Central Manuel Cepeda Peraza que incluyó una interpretación musical, visual y lectura en voz alta de sus escritos. Nadie en la sala conocía a Fernando entonces, pero al terminar la lectura no quedaba ningún ejemplar de Matamoscas, ninguna revista con sus textos, y como si fuera algo imprescindible, un error imperdonable de mi parte, me preguntaron ansiosamente el segundo nombre, el segundo apellido de ese tal Fernando, y por qué no dije más sobre él.

Entonces soy todos los defectos de la Historia.

Hay al menos treinta adolescentes, agrios y somnolientos. Ninguno, me dicen, ha leído más allá de la caja del cereal. La literatura, opinan, sirve para ser más cultos, mejores personas y ampliar el vocabulario. Nunca han oído el nombre de García Márquez, ni de Elena Garro, a Octavio Paz lo medio ubican pero ni por asomo les suena Edgar Allan Poe. Les digo que el tema de hoy es el cuento. Berrean como si les hubiera pedido hacer veinte abdominales.

-Necesito a dos que lean fuerte.

Nadie. Elijo dos nombres al azar y a cada uno le entrego una hoja con “Mujeres” de Fernando Paredes Milonás. En medio de la lectura, uno de atrás comienza a reírse, casi al tiempo que otro lo voltea a ver ofendido mientras le hace ¡shht! La lectura es un poco torpe y la entonación no es la adecuada, pero no se rinden.

-Lea usted, maestra.

Abro Matamoscas y comienzo a leer el cuento “Insomnios”. Ya no hay nadie que impida las risas, tardo como quince minutos leyendo y me da la impresión de que mi voz puede verse. Corona, el estudiante incontenible, tiene sus ojos fijos en las letras de mi voz, de cuando en cuando se sobresalta y sonríe. Paso a “Ella llora”. Llevo como treinta y cinco minutos leyendo, empiezo a perder la voz y el aire. Cierro el libro y me pongo de pie, de atrás se oye un lamento:

-No, otro, lea otro, maestra.

-Ya me cansé, contesto.

Maria José levanta su mano y me dice:

-Yo lo leo.

Al final de la clase otro estudiante se acerca a mí con su libreta y una pluma. Quiere que escriba los títulos que leímos y dónde los puede encontrar.

¿Quién fue el imbécil que nos sacó de las cavernas?

Lo que pasa cuando uno lee a Fernando es que se da cuenta de que hay alguien en algún lugar del planeta que entiende al mundo, a la humanidad, a sí mismo y se burla de todos ellos. Sin idealismos, sin víctimas, sin disculpas, el mundo de Fernando es el nuestro, el que queremos ocultar. Así es leer al Muerto*. Sus cuentos parecen ser pedazos de su vida, todos juntos son como un diario maltrecho con saltos de tiempo, los mismos personajes con otro nombre, vistos desde otra luz, y ficciones ocurrentes. A leer “Solicitud” me lo imagino a él mismo, en algún lugar hidrocálido mirando una “fotografía submarina de un delfín que tenía impreso en letras manuscritas este pensamiento: Hoy es un buen día para vivir”. La ironía está en todas partes, pero él la observa detenidamente y la describe. Sus ideas, son también las ideas de sus personajes:  ¿A quién chingada le importa el arte? Soy un perro que necesita dinero; al arte le sobran prostitutos o A la vida no le hacen falta innovaciones, ni estéticas caóticas, ni vómitos intelectuales. La belleza sigue estando donde mismo, en las cosas simples, en las pocas palabras. En la entrepierna húmeda de la noche.

Así como sabe describir el dolor y la decepción sin decir qué le duele o qué lo decepciona, como en “El nombre que mata”, uno de mis textos favoritos por la manera en la que convierte una cosa corriente en un recuerdo insoportable: el nombre que mata salió disparado de tu garganta, explotó en tu boca y en un segundo partió en dos el aire, al muro de tu casa, la tranquilidad del vecindario…. Pero también la belleza, la contemplación no de lo hermoso por estética sino aquello que resulta invaluable por verdadero y defectuoso como en Trust. Tus pies son feos, romos, duros, amarillos. Me gustan (…) De alguna forma, la luz de la lámpara hace de tu cabello un paisaje, un campo sembrado de trigo y cebada; o la tersa pelambre de un felino recostado al sol. No hay arte después de ti, sólo un Dios eternamente contento.

Yo quisiera contar alguna anécdota, la vez que nos vimos en alguna calle y me contó un chiste, o me preguntó por qué llevaba un uniforme tan feo, o alguna cosa para recordarlo vivo. Pero no hay.  Fernando como persona es alguien que hubiera deseado tanto tanto conocer. De Fernando como escritor sólo sé que es aquél dice la canción que no recuerdo qué dice después.

*En su ciudad natal , amigos y familiares conocían a Fernando Paredes como “El Muerto”.

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