Por Katia Rejón

Ilustración de Luis Cruces Gómez

Todos los días paso por la calle 62 hacia la Colón en la que destaca una casa de cinco pisos con un estilo que combina el arte de Keith Haring y un vivero. Es imposible pasar por ahí sin voltear a ver el auto amarillo y el portón decorado. Escuché de amigos y familiares preguntar qué era ese exótico lugar del que salía una figura de mujer paseando un perrito a lo francés anclada a unas letras que decían: YUL’S. ¿Un bar? ¿Un vivero? ¿La casa de un artista? ¿Una tienda de ropa?

La misma semana en la que se viralizó una publicación de un chico que preguntó en Facebook si alguien sabía qué era ese lugar, estacioné mi carro detrás del vehículo amarillo recién pintado con sombras de colores que hacían juego con la casa. Toqué el timbre y esperé. Estaba tan tapizada con cuadros coloridos y miriñaque que hasta una lagartija batallaba para salir de la casa. Nada, ni un ruido. Toqué tres veces más el portón y una luz se encendió dentro.

Salió un chico con un paliacate hippie en la cabeza, cabello largo y negro, y un bigote espeso. Sus expresiones eran las de un adolescente alegre pero el resto de sus facciones dejaban ver que rondaba los treinta años. Le expliqué que tanto yo como otras personas teníamos interés en conocer cuál era la historia de esa casa, quería una entrevista y conocerlo a él.

A grandes rasgos me explicó que él era el artista de la fachada de su casa, trabajaba en otras pinturas, tenía planes de hacer una galería pero la casa era privada. Me dijo que estaba por salir pero podía pasar y echarle un ojo.

Tuve la suerte de conocer por dentro un cachito de esa singular mansión. El porche estaba lleno de pinturas con un estilo diferente al que se muestra en el portón, pero igual muy coloridas. En el pasillo de la entrada de la casa, alumbrada por una sombra tenue de color amarillo, había un sillón con forma de dinosaurio que tenía algunas cosas encima. Otra habitación era ocupada por una mesa de billar, la cocina era lo más “común” pero aun así tenía una decoración más cargada de lo usual.

En cada rincón se podía encontrar algún detalle llamativo, una calaca con sombrero sentada o unos peces coloridos sobre la pared. El chico con el rostro muy amable me mostró el cuarto donde guardaba los muñecos de colección que vende en las convenciones.

—Cuando vengas te puedo dar un tour por la casa, la tengo que limpiar. Tiene cinco pisos y hay algunos departamentos que rento.

—¿Aquí mismo?, pregunté.

—Sí, allá, dijo mientras señalaba una zona invisible arriba y a la izquierda.

Atrás se escuchó un ladrido y alguien que lanzó un ¡Shht!

—También tengo muchos perros, dijo, y se rió.

Parecía obvio que en alguna zona de la casa también era un vivero. Se sentía la humedad de un lugar con muchas plantas pero no estaba ninguna a la vista. Sólo estuve en cuatro piezas del primer piso y aun así tuve problemas para regresar a la puerta. Tal vez en verdad es un laberinto.

Me dio su tarjeta donde decía su nombre: Yul D. C.

—¿Tú eres Yul?

—Sí, soy yo

—Ésta historia va a ser muy buena, contesté y me despedí.

Hasta ahí el misterio se resolvió a medias: Yul es el nombre del artista que vive en la casa, vendedor de figuras de acción,renta cuartos, tiene un vivero. Es una persona que da la impresión de hacer muchas cosas diferentes entre sí y que tiene unos perros.

Quedamos en que le enviaría mensaje la semana entrante para saber qué día lo visitaría. Sin embargo, no logramos continuar la comunicación. Lo último que me comentó es que se iría a la playa y al regresar nos pondríamos en contacto, pero no sucedió. Tal vez eso sea mejor, como ha pasado con muchos artistas que trabajan en el anonimato antes de hacer una gran obra o volverse famosos, YUL’S y su casa seguirán conservando el misterio que todos sentimos cada vez que pasamos por aquella fachada.

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