Por Katia Rejón

Ilustración: Melanie Rejón

ILUSTRACIÓN MEMORIAS.TATI

Llamémosle Juan. Pongámosle que acaba de cumplir 20 años de casado, aunque son más, y le llevó flores, una cena y serenata a su esposa. Tienen un montón de hijos (los que Dios mandó) y el mayor tiene la actitud dandy en redes sociales con un pie de foto parecido a: antes de criticarme intenta superarme. Bromea con no dejar a su novia usar celular, por aquello de los celos posesivos.

Juan —se nota en las fotos— es romántico y chapado a la antigua. Uno de esos hombres que en apariencia lo tienen todo: familia, profesión, una posición privilegiada en la sociedad, salud. Pero no le basta. Ha sido uno de los firmantes de una carta para prohibirle a otros tener la misma felicidad que él ha tenido —supuestamente en los últimos 25 años. Aparentemente, su heterosexualidad lo define como ser humano, como buena persona. Él puede disfrutar, otros no, otros que disfruten otra cosa pero no la familia tra di cio nal.

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El día que rechazaron el matrimonio igualitario fue otro día en Yucatán, con un chingo de calor, pero más pegadito al infierno. Aunque una diputada haya presumido que fue más bien un regalo navideño.

—Yo me quería casar contigo, ya no se va a poder— le dice un amigo a mi novio.

Pienso en todos los amigos a quienes ese día les dijeron que ellos no podían tener eso, que podían que tener otra cosa pero eso no. Que el matrimonio —miren nada más el cinismo— no festeja el amor sino la posibilidad de procreación, aunque cada año festejen el aniversario de su matrimonio de las formas más románticas y cursis posibles.

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Llamémosle Esteban. Pongámosle que tiene 28 años y nunca ha tenido novio. Que descubrió el amor en la sección de boxers del súper cuando era niño. Es la persona más inteligente que conozco: una tortuga con caparazón de hierro que guarda una ternura impensable debajo. Lo merece todo, pero no pide nada nunca a nadie.

Antes de la discusión en el congreso, confiesa que cuando era niño nunca imaginó la posibilidad de que él pudiera formar una familia. Que le fuera permitido tener un matrimonio pleno. No dice que quisiera casarse, probablemente no, pero poder hacerlo, como lo pueden otros.

Comemos en un mercado. Yo sigo molesta porque no aprobaron el dictamen, porque fue gente a ponerse de rodillas, fue gente con pancartas a suplicar, a pedirle a dios, a los diputados, a demás gente que no, que por nada del mundo le permitan a otras personas tener lo que ellos tienen. Que de hacerlo se perdería la familia, aunque de hecho no les estén quitando nada.

—Ya me acostumbré, contesta Esteban.

Esteban no es romántico, pero es —hasta cierto punto— chapado a la antigua. Dice que no puede comer carne porque es vigilia.

—¿Y otra cosa que no tenga carne?

Pero no pide nada, nunca, a nadie.

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Para discutir con amor sobre el odio, los antiderechos se ponen creativos. Citan la neolengua de Orson Welles, filosofan sobre derechos humanos tomando como base a Humpty Dumpty. Hablan de una industria millonaria  financiada por la élite mundial, una mafia nazi encabezada supuestamente—por cierto— por gente cuya familia es sobreviviente al Holocausto, como George Soros.

Alegan que “el matrimonio no protege los sentimientos de dos personas, sino las consecuencias lógicas y potenciales de la relación”, y así se apegan también los matrimonios a conveniencia, la venta de mujeres, los matrimonios arreglados de Asia del Sur, África y Medio Oriente. Bajo esa lógica se casan niñas que menstrúan con hombres mayores “porque ya pueden engendrar”, y muchas mujeres con un solo hombre. Son también familias tra di cio na les.

Dicen también que la humanidad —favor que nos harían los homosexuales— se extinguiría [claro, porque al no poder casarse, automáticamente, los homosexuales se vuelven hetero ¿no?]. Que quienes no queremos procrear, o quienes no podemos procrear, somos una anomalía de este derecho jurídico.

Y mientras ellos defienden esas lógicas, con sus familias también celebran el amor. Festejan el amor con las personas con quienes se casaron nomás para procrear. Y festejan también, después del dictámen, que hay otros que no podrán tener lo que ellos sí tienen. Y se sienten seguros, se sienten, ya lo dije, felices. Ahora sí: completos.

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