Por Rodrigo Llanes Salazar

Ilustración: Romina España

En contra de lo que cantó John Lennon en su himno globalista “All you need is love”, se ha vuelto un lugar común decir que no hay nada que se pueda decir sobre Los Beatles que no se haya dicho ya; que no lo hayan escrito ya biógrafos autorizados como Hunter Davies, Norman Phillips, o el enciclopédico Mark Lewisohn, por mencionar sólo a algunos de los estudiosos más conocidos. Acaso lo único que quede por hacer sea escribir versiones personales sobre Los Beatles, como lo ha hecho de manera fascinante Rob Sheffield en su reciente libro Dreaming The Beatles.

 

Fue hace (casi) veinte años

A cincuenta años del lanzamiento de The Beatles, mejor conocido en español como el “Álbum blanco”, creo que aún hay cosas interesantes que explorar sobre dicha obra. Aún así, como Sheffield, tomo como punto de entrada mi relación personal con el “Álbum blanco.”

Fue hace casi veinte años. Tenía unos catorce años cuando fui con mi padre a una tienda local de discos en Mérida. Para mí, el cedé era un objeto sumamente preciado e inaccesible. Con suerte, podía obtener alguno en Navidad, en mi cumpleaños o en alguna buena oferta. En esa ocasión, mi padre compró la reciente edición del 30 aniversario del “Álbum blanco”: una versión mini elepé del disco original, incluyendo el famoso póster con las letras y el collage hecho por el artista Richard Hamilton y las cuatro icónicas fotos de cada uno de Los Beatles (una copia de la foto de John Lennon estuvo pegada en la puerta de mi habitación de adolescente por años). Una belleza de objeto que contrastaba con la versión en cedé del “Álbum blanco” lanzada en 1987, en una caja doble que no incluía el póster ni las fotos (más bien, lo hacía como parte del “librito” que venía en la caja). Esa fue la primera vez que escuché el “Álbum Blanco”.

Mis padres vivían separados y era común que él me prestara discos para que me llevara a la casa donde vivía con mi mamá, mi hermana y mi abuela. Así conocí a los Rolling Stones, Led Zeppelin y muchas otras bandas y músicos. Cuando llevé el “Álbum blanco” a casa y lo reproduje en el pequeño y molestoso radio con reproductor de cedé (molestoso porque era muy caprichoso y no le gustaba tocar la mayoría de los pocos cedés que yo tenía), mi mamá escuchó, entró a mi habitación y lloró. Particularmente lloró cuando sonaba “While My Guitar Gently Weeps”, el estremecedor lamento de George Harrison al ver un mundo tumultuoso a su alrededor que se rehúsa a abrazar la espiritualidad y el amor. Mi mamá lloraba tiernamente porque no podía creer que yo, entonces un adolescente de catorce años, estuviese escuchando la misma música que ella escuchaba en sus años de juventud en la década de los setenta (en aquellos años ella era, y lo sigue siendo, una fan de George Harrison, su beatle favorito).

El “Álbum blanco” cayó en mis manos en un momento crucial: en una época de la adolescencia en la que las amistades y la escuela se vuelven el mundo entero, yo sentía que todo ese mundo se derrumbaba al haber perdido amistades cercanas y al estar cada vez más desencantado con la escuela. La música fue la roca de la que me sostuve: comencé a aprender a tocar el teclado y la guitarra y escuché una y otra vez el “Álbum blanco” (así como Exile on Main Street de los Rolling Stones).

No sé en qué momento mi padre perdió esa edición del “Álbum blanco”. Entonces yo ya era un fan de los Beatles y, en parte por temor a hartarme de escucharlos, pero principalmente por economía, decidí que cada año conseguiría un disco (política personal que respeté por muchos años). El “Álbum blanco” era mi disco favorito de ellos y no lo tenía. Y tampoco podía escucharlo de otras formas. Eran tiempos mucho antes de YouTube, Spotify y Apple Music, y si bien ya era común descargar música a través de Napster (lo que requería mucha paciencia y que nadie levantara el teléfono de la casa para no cortar la conexión de internet) y, unos años después, de sitios como Soulseek, yo no tenía computadora, mucho menos internet. Así que para mí, la única forma de conseguir discos era comprarlos —casi no podía hacerlo— o tenerlos en préstamo, ya sea por amistades, parientes o, situación que puede parecer increíble a generaciones más jóvenes, rentarlos en alguna alquiladora de discos —había una cerca de mi casa, en la colonia Alemán. Ningún amigo o pariente, ni la alquiladora más cercana, tenía el “Álbum blanco”. Una navidad me regalaron 1, el álbum que recopila todos los sencillos de los Beatles que llegaron al primer lugar de las listas, pero ese disco no incluye ninguna canción del “Álbum blanco”. Era imposible para mí escucharlo, aunque sí lo recordaba muy bien.

Como parte de mi política personal, decidí que me haría del “Álbum blanco” hasta el año 2008, cuando se lanzara —lo daba por hecho— una edición de cuarenta aniversario del disco. Llegó noviembre, mes en que se publicó originalmente el “Álbum blanco”, y no salió mi esperada edición conmemorativa. Resignado, acepté que en el intercambio navideño de ese año me regalaran la edición de los años ochenta, esa caja doble y dura que se sigue viendo tosca frente a la fiel reproducción del vinilo de la edición de treinta aniversario. Ignoraba que, unos meses después, el 9 de septiembre de 2009, EMI lanzaría la discografía completa de Los Beatles remasterizada en cedés.

Además del magnífico trabajo de remasterización conducido por los ingenieros Allan Rouse y Guy Massey, los discos son réplicas de los originalmente lanzados por Parlophone y Apple (aunque no son copias tan fieles como la edición de treinta aniversario del “Álbum blanco”). Ese mismo día salió la excelente caja The Beatles in Mono en cedés y el videojuego The Beatles: Rock Band, que dio a conocer la música de los Beatles a nuevas generaciones. A pesar de todo, no tuve, ni tengo hasta la fecha, esa edición del “Álbum blanco”.

Podría escribir muchas líneas más sobre mi relación personal con el “Álbum blanco” —como el hecho de que a mi mamá y a mi hermana les gusta que toque en guitarra y cantemos “Dear Prudence” o que mi gata gris Benita abría sus grandes ojos felinos y se ponía en posición de cazadora cuando sonaban los pájaros de “Blackbird”—, pero no deseo abundar y aburrir con ello. Después de casi veinte años, el mes pasado salió la edición de cincuenta aniversario del “Álbum blanco”, con un extraordinario remix hecho por Giles Martin y que, además, incluye los llamados “Esher Demos” así como interesantes tomas de estudio. Es sobre el cincuenta aniversario del que quiero escribir.

¿Dices que quieres una revolución?

La primavera de Praga, el mayo francés, las manifestaciones en contra de la guerra en Vietnam, los movimientos estudiantiles en Alemania, México y muchas otras partes, han hecho que en el imaginario político y simbólico hoy miremos al año de 1968, o mejor dicho, al “68”, como el año revolucionario por excelencia. ¿Qué relación guarda el “Álbum blanco” con el 68?

Ciertamente, a pesar de que los Beatles formaron parte importante de la contracultura de los sesenta —la rebeldía de usar el pelo largo, la psicodelia y el consumo de drogas, el movimiento hippie, de paz y amor; sobre todo, su celebración del amor—, difícilmente podríamos considerar a los Beatles como una banda contestataria, como llegaron a serlo, en su momento, Bob Dylan con sus canciones de protesta folk —hasta que tomó la guitarra eléctrica y le gritaron “¡Judas!”—, Joan Baez o Nina Simone. Dicho en otras palabras: “She Loves You” y “I Want To Hold Your Hand” fueron revolucionarias porque, con sus encantadoras melodías, su derroche de energía y, sobre todo, el movimiento de sus flecos y sus gritos, Los Beatles desataron la Beatlemanía; Revolver y Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band lo fueron por su experimentación y su psicodelia. No por criticar el orden establecido ni por llamar a la revuelta.

En el 68, la falta de un compromiso político de los Beatles en su música fue señalado. Así, en su reseña sobre el “Álbum blanco” publicada el 15 de diciembre en The New York Times, Nick Cohn reprochó que los Rolling Stones serían injustamente eclipsados por Los Beatles a pesar de haber lanzado un disco mucho mejor, Beggar’s Banquet, en el mismo mes de noviembre. En efecto, esta obra maestra de los Stones incluía una canción que caía como anillo al dedo para las revueltas callejeras de esos meses, “Street Fighting Man”. En contraste, para Cohn, el “Álbum blanco” “es aburrido más allá de lo imaginable”. La mitad de las canciones, continúa el crítico, son “profundas mediocridades”.

Cohn no estaba solo. En la que es probablemente la primera reseña del “Álbum blanco”, publicada también en The New York Times, el 21 de noviembre —esto es, un día antes del lanzamiento oficial del disco—, Mike Jahn califica al álbum como “uno de sus más inusuales pero no uno de los mejores”. Le reprocha su falta de novedad y de seriedad. Jahn considera que, en ese disco, los Beatles no aportan nada como sí lo estaban haciendo Jefferson Airplane, Blood, Sweat and Tears, The Band, The Doors, entre otros. Y, en una frase que hoy es considerada un verdadero sacrilegio, afirmó que “el nuevo álbum no es ni de cerca tan bueno como Sgt. Pepper [… el cual] no es tan bueno como se dice”.

La falta de compromiso político de los Beatles en el “Álbum blanco” fue acusada incluso por críticos de la llamada “Nueva Izquierda”, quienes señalaron que la frivolidad y el eclecticismo del disco evadía los asuntos políticos importantes de la época.

Pero lo que más llamó la atención fue que los Beatles —particularmente John Lennon— sí escribieron una canción —en realidad, más o menos tres— sobre el tema de la revolución: “Revolution 1”, “Revolution 9” y “Revolution”. Sólo que el tema no es un llamado a la revolución en contra del autoritarismo en el gobierno, la escuela o la familia. De acuerdo con la letra de Lennon, el problema no parecía ser ninguna de esas instituciones sobre las que se rebelaron miles de jóvenes en el mundo. Más bien había que “liberar las mentes”, una frase que no deja de tener resonancias con la consigna reaccionaria de que “el cambio está en uno mismo”. Y, sobre todo, Lennon cantaba en “Revolution”, la versión lanzada como el lado b de “Hey Jude”, que “cuando hablas sobre destrucción” “no puedes contar conmigo”.

Mucha gente se sintió decepcionada por la declaración de Lennon. Nina Simome, quien se había sumado al movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos y lanzó extraordinarios temas políticos como “Mississippi Goddam” y “Four Women”, hizo incluso una nueva versión de “Revolution”, respondiendo casi línea por línea a Lennon (entre paréntesis, Netflix lanzó hace unos años el recomendable documental What Happened, Miss Simone?, en donde se aborda la turbulenta vida de Simone, destacando su conversión a la causa de los derechos civiles y su posterior africanismo).


Nina Simone, “Revolution”

Sin embargo, las tres canciones de los músicos ingleses sobre la revolución se prestan —como casi toda obra artística y cultural— a múltiples interpretaciones. En su biografía sobre Lennon (John Lennon: The Life), Norman Phillips escribe que lo que el Beatle quería hacer era una crítica a aquellos jóvenes como los estudiantes británicos de clase media que se habían convertido al marxismo, leninismo, trotskismo y maoísmo que no veían contradicción alguna entre su confortable estilo de vida capitalista y sus nuevas creencias; a aquellos jóvenes acomodados que colgaban fotos de Mao en sus puertas (hoy serían los intelectuales de izquierda con sus playeras del Che tuiteando en sus Macbook desde un Starbucks).

Por su parte, Paul McCartney, en sus conversaciones con Barry Miles publicadas en Many Years from Now, considera que “Revolution” es una grandiosa canción política y que Lennon efectivamente quería cambiar al mundo; que los revolucionarios podían contar con él (Lennon) para la revolución, aunque no en los casos de los jóvenes adoctrinados que portaban acríticamente fotos de Mao. De hecho, como es bien sabido, la contundencia de la línea “no pueden contar conmigo” en “Revolution” es matizada, con cierta ambigüedad, en la versión “Revolution 1”, en la que Lennon canta “no pueden contar conmigo, o sí” (una traducción inexacta de “you can count me out, in”).

Y si bien Lennon escribió una canción explícitamente llamada revolución aunque con una letra ambigua y con críticas a los jóvenes revolucionarios, McCartney, inspirado en el Bourrée en Mi menor de Bach, abordó el tema de manera alegórica con la bella balada acústica “Blackbird”, en donde le canta a las mujeres negras —como Nina Simone— que luchaban por los derechos civiles.


The Beatles, “Revolution 1” (2018 mix)

The Beatles, “Blackbird” (2018 mix)

Y si vamos más allá de la letra, “Revolution”, en sus distintas versiones, puede ser considerado un tema revolucionario. Inspirado por los furiosos rasgueos y solos de Eric Clapton y Jimi Hendrix, Lennon quería que “Revolution”, la primera canción en ser grabada para el “Álbum blanco”, tuviese una guitarra con mucha distorsión. En su fantástico libro Here, There and Everywhere, Geoff Emmerick, el creativo ingeniero de sonido que trabajó con los Beatles a partir de Revolver, narra los detalles técnicos con los que se logró la distorsión de la voz de Lennon en “I Am the Walrus” y en la guitarra de “Revolution”. De hecho, la versión original de “Revolution”, en mono, destaca por el sucio sonido distorsionado con el que abre la canción. De acuerdo con el propio Lennon, en comparación, la versión en estéreo —lamentablemente, la que más circula en nuestros días— parece un suave helado…

Pero la distorsión era solo el inicio. Desde el comienzo de la grabación del “Álbum blanco” estuvo presente la polémica y en muchas ocasiones incómoda —al menos para los otros tres Beatles— Yoko Ono. Ella intervino en el disco desde el principio. Artista de vanguardia, Ono quería experimentar con sonidos à la John Cage y participó en la grabación de “Revolution 1” con efectos de sonido electrónicos y grabaciones de voz, incluyendo la ya célebre frase “you become naked”. Afortunadamente, gracias a la edición de lujo de cincuenta aniversario del “Álbum blanco”, tenemos por primera vez la toma 18 de “Revolution 1” en buena calidad de sonido. En esta versión de diez minutos y medio apreciamos las aportaciones de Ono, pero también los alaridos de Lennon y al propio McCartney gritando líneas de “Love Me Do”. Como sabemos, la versión final de “Revolution 1” dura poco más de cuatro minutos, por lo que nos perdemos la experimentación de los Beatles y Ono, aunque muchos de los sonidos grabados fueron utilizados para la elaboración de la experimental y controvertida “Revolution 9”.


The Beatles, “Revolution 1 (take 18)”

Finalmente, la polémica en torno a “Revolution” y el “Álbum blanco” llevó al estudioso Jeffrey Roessner a argumentar que este disco sí es político, aunque no de la manera que convencionalmente entendemos la política. En su ensayo “We All Want to Change the World. Postmoderns Politics and the Beatles’ White Album”, Roessner sostiene que el “Álbum blanco”, a través de sus estilos musicales dispares y su auto-reflexividad (tema sobre el que volveré en la segunda parte) contribuyen a una política posmoderna basada en la parodia y el eclecticismo.

Así, de acuerdo con Roessner, en el “Álbum blanco” los Beatles hacen una parodia a la cultura del rock n’ roll de mediados de la década de los sesenta, el cual ya había perdido gran parte de su aspecto rebelde y se convertía cada vez más en un producto comercial poco subversivo. Se puede estar de acuerdo o no con el argumento de Roessner, pero me parece correcta su apreciación de que la política del “Álbum blanco” no debe reducirse a un llamado a la revolución, a tomar las calles y transformar las instituciones. En la siguiente entrega volveré sobre el tema de la parodia, la historia y la crítica a la mercantilización en y a partir del “Álbum blanco”.

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