Por: Yobaín Vázquez Bailón

Ilustración de Luis Cruces Gómez

Les tengo una noticia: el mundo no se va a acabar por la codicia de empresarios sin escrúpulos. No, el mundo se va a acabar porque nosotros —todos, sin excepción, hasta los de Green Peace— somos seres deseantes, gente que disfruta tener cosas sin saber su valor real, desde unas fresas con crema hasta un Ferrari del año.

Es decir, para que yo me de un gustito, digamos un helado de vainilla, hay detrás todo un proceso socioeconómico que permite que yo me deleite con un sabor dulce y me sienta bien cuando estoy triste. Pero como yo no soy el único que se da esos gustitos, ese proceso se convierte en una maquinaria devastadora y contaminante

Comer helado es una cosa muy obscena si tomamos en cuenta el humo que echó la fábrica que lo procesa, cuánta selva se devastó para que las vacas comieran pasto (si es que está hecho con leche natural), en qué condiciones legales llegó esa empresa de helados, cuánto se gasta de gasolina en transportarlos, cuánta luz se necesita para tenerlos en refrigeración.

¿Tengo la culpa de que el medio ambiente se deteriore porque me gusta comer helado de vainilla? ¿O tiene la culpa el empresario que explota mi deseo por el helado de vainilla y lo hace por toneladas al priorizar mi gusto banal por encima del medio ambiente? Yo sólo sé que un helado bien vale un apocalipsis ecológico.

De poco sirve que nos convenzamos de que hay que hacer algo por el planeta, si no tomamos en cuenta primero de nuestra simbiosis con las grandes compañías que contaminan en cantidades industriales. Una simbiosis que se afianza por nuestra búsqueda por encontrar placeres gustativos, olfativos y de cualquier otro sentido.

Peter Sloterdijk lo dice muy bien en la novela El árbol mágico: “nosotros debemos nuestro tráfico con las colonias del Sur a las increíbles sensaciones que el sabor del chocolate deshecho provoca en nuestro paladar. Pero nuestro colonialismo y toda esa carrera hacia los trópicos de nada serviría si vos, Duport, no deseareis bañaros en chocolate y no conocierais a ciertas damas que están deseando enjugaros el cuerpo con la lengua”. Aunque parezca desmesurado, también hay una dimensión erótica que mueve la economía y provoca cambios históricos y ecológicos.

¿Cuántas guerras no se hicieron para abrir la ruta de la seda o la ruta de las especias? Y todo porque algunos europeos querían vestirse con ropa fina y cocinar con ingredientes exóticos. Lo mismo pasa en Cien años de soledad, una compañía genera violencia en Macondo simplemente porque a un gringo le gustó el sabor de una banana. Esta metáfora que retrató la realidad de las repúblicas bananeras de América Latina, todavía es actual si sustituimos al plátano por cocaína o mariguana.

El ejemplo lo puedo aterrizar más. Cuando nos enojamos con políticos porque quieren abrir una nueva refinería o abrir granjas porcícolas, ¿por qué no pensamos que es la última consecuencia de nuestros propios intereses y deseos depredadores? Si no quisiéramos tener carros (y obviamente echarle gasolina para que funcione), no haría falta otra refinería. Si no quisiéramos comer todos los domingos cochinita pibil, a nadie se le ocurriría criar marranos cerca de cenotes

A esta ecuación entran en juego diversos factores. Por decir algo, millones de personas viven de crear, fabricar, almacenar, exhibir y comerciar con productos necesarios e innecesarios. Es es círculo vicioso de esta economía: consumimos porque genera empleos y se generan empleos porque consumimos. ¿Cuántos obreros que fabrican Funkos se morirían de hambre cuando nos caiga el veinte de que esos objetos propician un daño a los ecosistemas? ¿Cómo detener la maquinaria del consumo si tanta gente depende de ellos para vivir? 

En resumen: desear es destruir.

Es por eso que me parece adorable cuando veo a personas esforzarse por ser eco friendly. Me parece más una forma de lavar la conciencia. Sí, está muy bien que no pidan popotes en los bares o restaurantes, pero esas cervezas o esos refrescos que compran probablemente vengan de un sitio en el que despojaron a una comunidad de su agua. Es más fácil que entre un camello por el ojo de una aguja, que una persona desista de tomarse una cerveza o refresco sabiendo el daño ecológico que provoca.

Lo que yo digo no es boicotear a las empresas y las fábricas. El asunto es más sencillo y no por ello carente de complejidad, de hecho es casi imposible de hacer: no desear nada, no querer nada. Suena a mantra budista o regla franciscana, pero es lo mínimo que se debe hacer, si de veras creemos que nuestras acciones pueden revertir el calentamiento global. Porque de este modo, qué puede ofrecernos un cerdo capitalista si de entrada no queremos nada. Lo triste es que hasta querer un chicle beneficia a un negocio ecocida.

No me burlo de los proyectos sustentables ni de las personas interesadas en disminuir su huella de carbono en el planeta. Lo único que digo es que lo más radical que se puede hacer ahora es practicar el ascetismo y desdeñar el consumo. Pensemos, por ejemplo, ¿por qué lo más ecológico que alguien puede hacer hoy en día es reciclar botellas PET? ¿Por qué no mejor dejamos de consumir refrescos, té y cualquier cosa en plástico?

Hay que preguntarnos por qué necesitamos comprar agua embotellada, es ridículo. En casa tenemos llaves donde sale agua a chorros y ya nos la cobra el Estado. La respuesta sencilla es porque tenemos sed cuando estamos lejos de casa. De acuerdo, ¿y nunca se nos ocurrió llevar una cantimplora o cualquier recipiente que pueda llenarse con el agua que sale de casa? Preferimos no hacerlo, porque a nuestra disposición siempre habrá cientos de botellas de agua en algún Oxxo.

¿Se acuerdan cuando antes podíamos usar unos pantalones por años y aún desgastados seguían luciendo bien? Ahora cambiamos de ropa cada quince días, por las modas pasajeras y porque la calidad de cualquier prenda ya no aguanta ni tres lavadas. Yo todo lo que visto es de tianguis, de doble uso o vintage, como quieran llamarle. No es necesario gastar más en ropa, se puede seguir una tendencia fashion buscando en ropa de paca o en el armario de los abuelos.

Cuando salgo con amigos generalmente no pido cosas de comer. Lo que para algunos es el colmo de la codera, para mí es la consecuencia lógica de: si tengo comida en casa, ¿por qué voy a pedir de comer afuera? Yo sé que lo importante de estas salidas es la convivencia y la socialización. ¿Y por qué no cambiamos los restaurantes y cafés para compartir en un picnic nuestros alimentos guisados en casa? ¿Es tan descabellado proponer esto a tus amigos? Así nos ahorramos hasta las propinas.

Yo no sabía que estas acciones pueden considerarse como sustentables, hasta que me lo hicieron saber. Mi intención siempre ha sido vivir con poco. Es más, nunca se me ha ocurrido por la mente comprar un carro o tener una casa propia. ¿Cuántos terrenos y monte se han arrebatado y devastado solo para que cientos de personas tengan una casita de 4×4? Me niego a tener un patrimonio en estas condiciones.

Con esto no vengo a exhortarlos para que sean como yo. De hecho, ni yo mismo considero que por hacer esas cosas estoy libre de haber asesinado tortugas o derretir el hielo en Groenlandia. Estoy consciente de que la realidad nos rebasa y las propuestas ecológicas o sustentables muchas veces no empatan con la practicidad de la vida cotidiana. Es más, las prácticas sustentables requieren compromiso y disciplina, radicalidad, porque tiene que ver menos con recoger basura y más con repensar nuestras actitudes hacia lo que consumimos. 

Revertir el daño que hemos causado requiere cambiar de mentalidad. Y no es fácil. Debemos evitar todo lo que las compañías nos dan peladito y en la boca. Hacer lo que nuestros padres no hicieron: desengañarse de que la abundancia es consumir a manos llenas. Sobre todo, convencernos de no quererlo todo. Disfrutar con lo mínimo. Desear nada. Tener presente que no existir es la práctica ecológica más efectiva

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