Por Ricardo Guerra de la Peña

Ilustración: Luis Cruces

—Buenas tardes, iniciamos el viaje hacia el destino que marcó en su celular. Tendrá que disculparme, el último pasajero agarró la última botella de agua. Ponga lo que quiera en la radio, también cuento con cable auxiliar.

— ¿Lo que quiera escuchar? — contestó sorprendido el pasajero.

— Sí, usted decide qué escuchamos durante el trayecto.

—¿Lo que sea?

— Claro, con confianza.

— Se lo agradezco, traigo un resfriado espantoso.

Al chofer le extrañó el comentario pero no quiso indagar. El pasajero conectó su celular y de las bocinas salieron fuertes gemidos.

—¿Pero qué le pasa? Gritó el conductor, apagando de un golpe el estéreo.

— Usted me dijo que podía escuchar lo que quisiera.

—¡Eso parecía una orgía!

—Tiene buen oído, en efecto es una orgía, Interracial Small Asian Big Black Cocks Hardcore Gangbang, para ser exactos. Cinco negros contra una chinita, si mi oído no falla.

— Está usted enfermo— dijo asqueado el chofer.

— Sí, como le digo tengo mucha gripa, por lo que debo escuchar tres Gangbangs al día, entre más intensos los chillidos mejor. La mezcla de una pequeña asiática y un grupo de negros es lo más recomendable.

— Me refería a otro tipo de enfermedad.

El conductor sabía que el viaje le iba a dejar dinero suficiente para dar por terminado el día. Sólo necesitaba soportar al loco un rato, seguirle el juego.

—Está bien, lo que el cliente pida— dijo encendiendo nuevamente el estéreo.

Estuvieron algunos minutos sin dirigirse la palabra. Los alaridos de la china y las maldiciones de los negros sonrojaron al conductor hasta sentir que su cara hervía. Al poco rato, el sonido de las múltiples penetraciones y los berridos casi animales, comenzaron a cosquillearle dentro de la bragueta, haciéndolo sentir culpable y humillado.

—¿Cómo ha estado? — Preguntó sin más el pasajero.

«Qué fresco», pensó el conductor, «no tiene vergüenza». Pero cualquier cosa era mejor que seguir concentrado en los gemidos.

—Qué le digo, sin parar de trabajar— contestó impaciente.

—Yo le pregunté cómo se ha sentido.

La insistencia enfadó al chofer, aunque en el fondo se sintió agradecido. No recordaba la última vez que se lo preguntaron. Después del divorcio todas sus supuestas amistades se pusieron de lado de su mujer.

—Triste— «No tengo por qué ocultarle la verdad a un loco», reflexionó.

—¿Y está bajo algún tratamiento?

—Antidepresivos, como todo mundo.

—Pues qué ganas de gastar la de todo mundo. Yo le puedo recetar el porno indicado que le ayudará más que cualquier medicamento. Para la depresión no hay nada mejor que escuchar un video de Bukkake antes de cada comida. Los puede encontrar en miles de sitios. Búsquelo en Xvideos, Xhamster, Xgogo, Xnxx… por mencionar nada más las que comienzan con equis. Estos sitios son gratuitos, jamás se debe pagar por porno, es totalmente innecesario. Hace unos meses, durante el tiempo que me cortaron el internet de la casa, me masturbé viendo un gif —confesó orgulloso el pasajero, como quien cuenta sus hazañas en el campo de guerra.

«¿Qué se fumó este, Güey?» meditó el chofer, pero al observarlo no encontró nada inusual en sus pupilas.

—Cuando de pequeño, — prosiguió el pasajero — mi papá guardó bajo llave sus Playboy, comencé a rentar las National Geografic de la biblioteca del colegio, pero no pude continuar haciéndolo porque mi ejemplar favorito, “Sexualidad en la prehistoria”, lo entregué con las hojas pegadas y me vetaron de la biblioteca para siempre. En ese entonces pasé meses masturbándome, leyendo, una y otra vez, la palabra vagina y su definición en el diccionario. También pene una que otra vez; no nos hagamos, en el porno nuestros gustos jamás están totalmente definidos.

—Sí, lo que usted diga— contestó hastiado el chofer, quien ya consideraba abortar la misión para largarse a casa.

—Pero como le decía, le recomiendo ampliamente su dosis de videos Bukkake al menos tres veces al día. No hay nada mejor para combatir la infelicidad. Aunque debo advertirle que, como cualquier medicamento serio, existen efectos secundarios. En este caso, los videos de Bukkake suelen ocasionar intolerancia a la lactosa.

—De verdad que tanta chaqueta te dejó frito el cerebro.

—Todo lo contrario, me ha mantenido sano y cuerdo. El porno tiene muchas propiedades medicinales, aún sin acompañarlo con la masturbación. Es la piedra angular de mi rutina para alcanzar la perfecta estabilidad.

—A ver, cuénteme— dijo el conductor con malicia; buscando divertirse con la historia de alguien claramente más desgraciado que él.

—Todas las mañanas al despertar veo un video amateur para mantener los pies sobre la tierra, y agradezco al porno por un nuevo día para aprender y perfeccionar mi sabiduría. Rezo por todas esas almas sin Wifi o bajo regímenes políticos ultra conservadores. Pido también por aquellos terribles seres que impusieron los cuadritos de censura en los genitales del porno japonés y por quienes fomentan la ley que obliga a los actores porno a usar condón en los videos.

—No pues, ¡qué dadivoso! — espetó el chofer.

Como si no lo hubiera escuchado, el pasajero continuó.
—Además de la parte espiritual, este estilo de vida requiere de un cuerpo sano, por lo que a diario me ejercito viendo un video de Mandingo Huge Monster Cock, para aumentar mi masa muscular. Cabe mencionar, que puede ocasionar complejos y baja autoestima, pero al menos no reduce el tamaño del pene como los esteroides. Terminando mi rutina de ejercicio veo sin falta un video de Squirt, dos cuando es un día caluroso; es excelente para la deshidratación, aunque en exceso suele subir el azúcar y provocar eructos. No necesito explicarle porque no hay nada mejor que ver Food Porn para el desayuno. Después procuro llamar a mi madre, pero muy rara vez me contesta. He querido recetarle un buen Hentai para superar la muerte de mi padre, pero me lo toma a mal. De cualquier forma, si no logro hablar con ella, lo sustituyó con un buen video Milf.

—¡Todo un Miyagi del porno! — interrumpió el chofer, mientras que en el fondo la china daba arcadas, respiraba profundo y volvía a atragantarse.

—El resto del día lo paso trabajando como vendedor en una Sex Shop, en la que amenacé con renunciar hace tiempo, pero finalmente me dieron la clave del internet y aceptaron mi petición para ir, cuando menos, cinco veces al baño. Humildemente, no creo que hubieran podido encontrar a nadie mejor. Por la noche, al llegar a casa, agradezco a mis Diosas por su protección y dones infinitos.

— ¿Pornstars? — intentó adivinar el conductor.

—Sí, las más grandes desde tiempos de Hugh Hefner.

—¿Y a poco no se le antoja cogérselas en el mundo real?

—De eso vengo.

—¡Ah, chingá! ¿Y cómo está eso? — rio el chofer.

—Ahorita en el hotel donde me recogió se llevó a cabo una convención porno. Fueron las pornstars más aclamadas del momento; también veteranas que gracias al éxito de las Grannys han seguido en la industria.

—¡Se cogió a una pornstar! — jubiloso dio dos fuertes palmadas en la espalda del pasajero. En las bocinas la china suplicaba que le rompieran el culo.

—Permítame le cuento— el pasajero lo apartó amablemente, como si tranquilizara a un niño entusiasmado.

—¡Arránquese, Miyagi!

— Nikita Von James me ha traído loco desde hace años. Mi familia es propensa al cáncer de garganta, enfermedad por la que falleció mi padre, pero el ver la maestría de los deep throats de la rusa, y el escucharla atragantarse con las vergas más imponentes del universo, estoy seguro, me ha mantenido lejos de padecer esa terrible enfermedad.

Al escucharlo, el chofer se acarició nervioso la garganta, había oído varias veces que la tristeza facilitaba la aparición de tumores malignos. Recordó cuando su esposa le dijo que su depresión no solamente había arruinado su matrimonio sino que, de seguir así, terminaría matándolo.

—Había mucha gente gritándole obscenidades y todos se me metían en la fila. Yo esperaba paciente para que me firmara un DVD que robé, porque como le dije, nunca se debe pagar por porno. Los aficionados intentaban manosearla cuando llegaba su turno y le gritaban a coro que enseñara las chichis o engullera los enormes dildos de látex que
le agitaban frente al rostro. Yo me mantuve contemplándola en silencio durante horas, con todo el respeto y admiración que semejante monumento se merece. Entonces, ante la mirada atónita de la multitud, se levantó de la mesa de autógrafos y camino hasta mí. Al escucharme halagarla en ruso se emocionó mucho. Soy poliglota, nunca tome clases, aprendí de los videos porno. Al despedirse descubrí que en el DVD además de su autógrafo dejó escrito el número de su habitación.

—¡Ya chingó, pinche Miyagi! — festejó soltando peligrosamente el volante para aplaudir como una foca.

—Cuando llegué a su habitación me recibió con una lencería bellísima, un clásico de sus videos. He inmediatamente se arrodilló para sacarme la verga y hacer su famoso deep throat, pero le pedí que se detuviera.

—¿Le daba pena que se la vieran chiquita, Miyagi?

—Para nada, me mide el promedio mexicano. Mire le puedo mostrar— y comenzó a desabrochar su cinturón.

—No mames, cabrón, ni se te ocurra o te meto un vergazo, mejor sigue contando— dijo riendo, tratando de disimular su sonrisa, que ya sentía desmesurada. Los negros comenzaron a chillar casi tan agudo como la china.

—Le pedí que se desvistiera y se masturbara sobre la cama. Yo me senté en la silla e hice lo mismo hasta que me vine. Le agradecí y me fui.

—¿Neta no la tocaste?

—Para nada.

—¡Qué huevos, Miyagi, yo no habría podido aguantarme!

—La paciencia es algo que se alcanza eyaculando hasta el final de una película porno de una hora, cuando te quieres venir desde el minuto tres.

—Lo voy a intentar. Dijo solemne el chofer, haciendo una pequeña reverencia con la cabeza.

—Ya llegamos, aquí es donde me bajo.

— ¿Qué? no, aguanta… La china ruega que se vengan en su cara ¿Podemos esperar?

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