Por Jesús Cámara Ríos

Con el paso de los últimos diez años, la imagen de los bares y cantinas en el centro de la ciudad ha cambiado mucho, ¿puedes recordar la primera vez que fuiste a una cantina? Yo sí. Era el más joven de mi grupo de amigos y fuimos a un lugar al que ellos ya habían acudido en repetidas ocasiones, su nombre era “Nápoles”, una vieja cantina que ha cambiado varias veces de nombre y está ubicada en el barrio de San Juan. Ofrecía biberones de cerveza Modelo por un precio bastante accesible para nosotros que sólo salíamos con un billete de cincuenta en la cartera. Fuera de lo barato, sus chicharrones o las señoras que destapaban la botella, nunca tuvieron mucho de especial, tal vez por eso cerró.

Ese fue mi primer acercamiento al mundo cantinero de nuestra ciudad, pero a decir verdad, no me pareció que fuera la mejor primera impresión. Sin embargo, nunca se alejó de mis expectativas, ya que toda la vida había circulado en el centro pasando por las puertas de reconocidos bares de antaño como “El Grillón”, “El Ancla” y el extinto “Gato Negro” de donde todas las noches veía salir a una gran cantidad de borrachales mientras esperaba el autobús.

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Lo chistoso aquí es que ¿cuándo iba a imaginar que también yo saldría en esas condiciones de algunos de aquellos lugares después de cumplir los 20? Bueno, pero el tema de este texto no son los borrachos ni mis borracheras, sino nuestra generación conocida como “Los Millennials”, que en su paso y retorno al centro de Mérida, han marcado un notable cambio entre lo que eran los bares y lo que son ahora. De este tema han hablado personajes expertos del círculo cantinero como el espeléologo y escritor Sergio Grosjean Abimerhi y Loren Plácido Peniche, organizador del famoso Tour Cantinero MID.

En un artículo que publicó para Grupo Mileninio, Grosjean Abimerhi narra parte de la historia de las cantinas de la capital yucateca plasmada en su libro Anécdotas de las cantinas en Mérida 2012 ahí cuenta cómo era acudir a una de éstas en el siglo pasado. En primera, las mujeres tenían estrictamente prohibida la entrada ya que estaba mal visto y se exigía que “se respetara la intimidad del hombre”. Las únicas que tenían acceso eran las cocineras y las llamadas ficheras (mujeres que acompañan a los consumidores y ganan una comisión por cada bebida que éste le invite). Algunas cantinas tenían incluso un letrero en la entrada que recordaba esta prohibición, situación que contrasta mucho con la atención que se le brinda actualmente a todo el público.

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Las modificaciones en el reglamento que regula la clasificación de los establecimientos dedicados al expendio de bebidas alcohólicas en el municipio de Mérida comenzaron a hacer notorios los cambios en las cantinas tradicionales. Éstas se re-inauguraron con nuevos conceptos más familiares para adaptarse a un nuevo mercado globalizado y abierto a la equidad de género. Lo último desplaza al viejo punto de encuentro masculino orillando al cambio a tres de cada cuatro cantinas de la ciudad.

A pesar de que la situación de las reaperturas le brinda una nueva oportunidad a los dueños para expandir su público potencial, los clientes habituales toman a mal estos cambios. Entre otras cosas, porque consideran que ya no son un espacio de confianza donde pueden hablar de una manera jocosa o vulgar, hacer y decir lo que quieran en la barra. Ahora la mayoría de los bares se engentan, lo que obliga a los consumidores de antaño a reservarse dentro de ellos y a rechazar el ambiente fiestero.

Una de las principales cantinas que ha presentado un gran cambio es “La Negrita”, ubicada en la calle 62 con 49 del centro, en la esquina del “motor eléctrico”. Su dueña, Patricia Martín Briceño, ha realizado un increíble trabajo en la curaduría del lugar, tanto que se ha vuelto el referente cantinero del centro de la ciudad. Si de bares o cantinas hablamos “La Negrita” podría ser considerado el mejor lugar para muchos jóvenes millenials. Al pasar por el lugar, siempre se puede observar a la gente esperando por entrar a beber  acompañados del ritmo caribeño y tropical que ahora la caracterizan.

Pero “La Negrita” no siempre fue así, pues al ser una cantina que opera desde 1917, también fue en su momento, uno de esos sitios “de mala muerte” como dirían nuestros padres que se acostumbraron a verla como un punto de encuentro de borrachos. Otra de las cantinas más antiguas de la ciudad es “El Cardenal”, ubicada en la calle 70 con 63 dentro del barrio de Santiago. Abrió sus puertas en el año 1915 y llegó a manos de su actual dueño, Said Farah Ceh, quien la adquirió después de ver el anuncio de traspaso en internet, para después darle una nueva imagen. Conserva la tradición de apapachar a los clientes ofreciéndoles cerveza bien fría y un lugar agradable en donde se pueden degustar desde las tradicionales botanas como el huevo, la chicharra, el frijol o las mollejas, hasta otro tipo de comidas como las pizzas hechas a mano dentro de su cocina.

El “Dzalbay” tampoco está exento del cambio. Este bar ubicado en el cruce de la calle 53 por 64 fue inaugurado por don Lupe Basteris, quien comenzó a fabricar el descontinuado Ron Basteris, deleitado por los consumidores de paladares fuertes y bolsillos vacíos, según nos cuenta el libro Las Cantinas de Mérida (Talleres Gráficos del Sureste, 1984) de Alberto Cervera Espejo. Actualmente, el bar ha sido re-inaugurado con un concepto más moderno, ofreciendo un menú a la carta y la opción de consumir en su azotea. Una de las cosas que más recuerdo, fue que al reabrir sus puertas colocaron un letrero en la entrada que decía: Ya no tenemos ficheras. Así anunciaron a todo el público que una nueva era había llegado para el lugar.

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Y como el que no evoluciona muere, muchos establecimientos y expendios de cerveza han tenido que cerrar sus puertas debido al desplazamiento que el giro de los nuevos modelos de bares, ganándose a los consumidores. “El Buffete”, ubicada en la esquina de la calle 62 con 65, en uno de los edificios más antiguos del centro de la ciudad, fue fundada en 1932 y tuvo que cerrar sus puertas en 2015 por falta de pago. Ahora es una tienda de conveniencia de una cadena nacional.

Otra que recientemente cerró sus puertas fue “El Chemas” de la calle 55 por 66 que concluyó con sus servicios el año pasado, terminando así con la tradicional cantina que inauguró don Demetrio Molina Ávila en 1949. En él, según relata Cervera Espejo, se reunían en sus buenos tiempos, “estudiantes, políticos, comerciantes, profesionistas, altos ejecutivos, pero nunca malandrines”, también agrega que el lugar era visitado por personajes como Arturo Abreu Gómez, Armando García Franchi, Rodolfo Concha Campos; y los privados servían como punto de reunión para el grupo literario “Voces Verdes” del que según el libro Itzimná, pueblo de poetas de Eduardo Tella Solís, formaron parte Roger Cicero McKenney, Juan Gabriel Molina Font y Raúl Renán, reconocidos poetas yucatecos del siglo XX.

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Algunos otros lugares como el bar “Los Arcos” (próximamente “La Despeinada”), “La Pachanga” (ahora “La 710”), “El Perico Marinero” o “Bar Morgan” han tenido que probar suerte con las nuevas tendencias para intentar recuperar la preferencia de sus viejos clientes o ser elegidos por los nuevos consumidores que en su mayoría, son jóvenes interesados en encontrar un buen lugar para pasar el rato.

Dar a conocer todas estas cantinas casi desocupadas o remodeladas, es la tarea que lleva a cabo el Tour Cantinero MID. Loren Plácido Peniche creador y director general del proyecto se dedica a promover los bares y cantinas del centro de Mérida a través de visitas guiadas en las que se cuenta parte de la historia de cada uno de ellos. El tour está enfocado en que los jóvenes o millenials y los adultos puedan redescubrir estos espacios consumiendo cerveza o su bebida preferida a la par de conocer el contenido cultural que cada una de las paradas brinda.

El proyecto de Loren comenzó hace varios años atrás cuando junto con sus amigos universitarios comenzaron a trazar rutas para visitar las cantinas y conocer un poco acerca de la historia de las mismas en voz testimonial de sus dueños. La apertura de cada uno lo volvió cada vez más un proyecto cultural que hasta la fecha sigue vivo. Ha visitado a más de 30 cantinas tradicionales y remodeladas ayudando a expandir su consumo comercial y cultural.

Las cantinas tradicionales forman parte del patrimonio cultural de la ciudad de Mérida, pero la apertura a un público de ambos sexos va de la mano con la lucha por la equidad de género, siendo esto también un factor que  los dueños aprovechan para aumentar el ingreso por la venta del público general. A pesar de que el concepto de la cantina tradicional parece estar en peligro de extinción, Grosjean Abimerhi cree firmemente que volverán a reinar en el centro cuando el concepto de moda termine, pues “son pasajeras y los millenials estamos acostumbrados a seguirlas”. Sin embargo, mientras esto pasa, los meridanos aprovechan para conocer el centro y contribuyen a la gentrificación del centro histórico sin olvidar los lugares que pueden visitar como opción para el esparcimiento, el ocio y la diversión para refrescar el paladar. Salud.

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