Por Eugenia Iturriaga

Ilustración: Sofía Sofía

Extracto del libro “Caja de herramientas para identificar el racismo en México” que puede leerse completo dando clic aquí.

Cuando escuchamos la palabra racismo, normalmente la asociamos con la esclavitud, la violencia, la afrodescendencia, el apartheid o con otros aspectos relacionados con la dominación racial, es decir, con las acciones de opresión en contra de aquellas personas que han sido consideradas de “una raza inferior”. Por ello, en sociedades como la nuestra, donde el mestizaje ha formado parte del discurso oficial, muchas de sus expresiones pasan desapercibidas.

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En México, nos han enseñado desde la infancia que somos una población mestiza, producto de una mezcla de dos “razas”, y que por nuestras venas corre sangre española y sangre indígena. Con esta idea del mestizaje, se ha negado el racismo, pues ¿cómo se puede ser racista si se proviene de dos sangres? Ese discurso del Estado mexicano, que nos considera una nación mestiza, ha insertado en las imágenes que la sociedad tiene de sí misma la idea de que en nuestro país, a diferencia de Estados Unidos, no hay racismo. Debido a esto, se ha buscado entender las enormes desigualdades sociales mediante explicaciones de las diferencias de clase y la pobreza, borrando de la escena al racismo.

El racismo es mucho más que una forma de discriminación, es también una ideología muy arraigada que postula la existencia de “razas”.

Aunque es evidente que los seres humanos tenemos diferentes colores de piel, de pelo, de ojos…las razas no existen. Las razas son una idea construida históricamente para justificar los intentos de dominación de unos pueblos sobre otros o de unos sectores sobre otros al interior de una sociedad. La ciencia genómica moderna ha demostrado que toda la humanidad posee un acervo genético común, que los seres humanos somos iguales en un 99% y que el 1% en que diferimos no es suficiente para explicar nuestra diversidad como una diferenciación de “razas”. Sin embargo, a pesar de que muchos científicos —desde distintas disciplinas— han afirmado que las razas humanas no existen, el término no ha desaparecido, ni mucho menos su uso cotidiano.

El racismo es la creencia de que ciertos seres humanos son mejores que otros, es la idea de que la apariencia física está unida a la cultura, a cualidades morales y capacidades intelectuales. El pensamiento racista ubica el cuerpo de las personas en un lugar definido, les dice qué sí y qué no pueden hacer, o aspirar a lograr, de acuerdo con su apariencia, pues cree que en el aspecto físico de las personas están impresas sus prácticas, sus maneras de comportarse y de pensar.

El racismo implica rechazo, jerarquización, dominación e inferiorización de unos hacia otros, lo que profundiza las desigualdades y las justifica, al hacerlas parecer naturales. Esa jerarquía permite aceptar los privilegios de las personas de un grupo sobre las de otros. El racismo es una relación social de poder y dominación que se manifiesta en comportamientos repetitivos que se consideran normales y se sostienen con mecanismos aprendidos desde la infancia.

Ahora bien, si estamos de acuerdo en que el racismo es una doctrina que se aprende, que se instala, que no es inherente al hombre, que tiene una historia que podemos rastrear, entonces, debe ser posible desaprender, desinstalar y eliminar ese pensamiento.

El racismo se expresa de muy distintas maneras, según el contexto en el que se presenta; por eso, tenemos que crear conciencia de su existencia, pues muchas de sus expresiones no son evidentes. Es común escuchar que en México no hay racismo, sino clasismo.

En nuestro país, como en toda América Latina, las relaciones de clase han permanecido racializadas, es decir, históricamente, las clases sociales se han construido relegando a posiciones inferiores a la población indígena y afrodescendiente, donde la pobreza no sólo ha significado la exclusión de bienes económicos, sino también de bienes no materiales y simbólicos muy valorados, como el color de la piel. En México, es posible observar cómo la tez tiende a oscurecerse a medida que se desciende en la escala social. Cabe señalar que, si bien esto ocurre, no es la única expresión del racismo, y tampoco es verdad que el color de piel defina el destino.

Casi todas las personas que habitamos alguna parte de la República mexicana hemos escuchado decir que alguien “tiene cara de gente decente”. No es casualidad que esa cara corresponda a la de una persona de tez clara. También es frecuente escuchar que un niño es bonito cuando es rubio, o frases como “aunque es morenito, está muy bonito” o “hijo, cásate con una mujer más blanquita para mejorar la raza”. Hay en éstas y muchas otras expresiones de la vida cotidiana, un racismo naturalizado, un racismo internalizado del que, como sociedad, aún no somos conscientes. El racismo en México, y en América Latina, no sólo afecta a los pueblos indígenas y afrodescendientes; es experimentado también por quienes, por una razón u otra —color de piel, forma de vida, origen de sus padres o abuelos—, no representan la idea generalizada de lo que socialmente se ha considerado como bueno, bello o propio, por ejemplo, las personas de piel morena o de origen chino.

El siguiente caso ilustra una de las particularidades del racismo en México. Hace unos años, circuló en Facebook la foto de una niña rubia de ojos verdes pidiendo limosna en una de las avenidas más importantes de Guadalajara. Mucha gente asumió que la niña era robada y exigieron a las autoridades que investigaran. La niña recibió, incluso, peticiones de adopción, pues “su lugar no era la calle”. ¿Por qué hay indignación al ver a una niña rubia pidiendo limosna y hay indiferencia ante los miles de niñas y niños morenos que piden dinero en los semáforos de las grandes ciudades del país? La calle no debería ser el lugar de ningún niño o niña, sin importar su color de piel. Vivimos en un país que ha imaginado a su sociedad homogénea, desde el punto de vista de la apariencia y la cultura de su gente.

Esto, que se ha cristalizado como la idea de ser un país mestizo, ha dificultado el reconocimiento del racismo como un asunto público. Vivimos en un país donde unos se consideran mejores que otros y se justifica la exclusión y la dominación en nombre de esa supuesta superioridad. Vivimos en un país donde las lenguas indígenas se presumen en el ámbito internacional, pero sus hablantes son despreciados en la cotidianidad por hablarlas o por su “mal dominio del español”. Vivimos en un país que ha negado a sus poblaciones afrodescendientes. Si no cobramos consciencia de que todos participamos de alguna manera en el racismo, no podremos hacer nada para eliminarlo.

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