Por Ial Utsil Balam–Bacab

Ilustración: Carlos Dzul (Changos Perros)

En tiempo de luchas diversas convencer de que una causa es la piedra angular de las demás agota toda posibilidad de diálogo. De ahí el miedo millenial a la cartografía de las controversias, aquel método que permitiría mostrar cómo funciona la diversidad como conflicto de intereses a resolver. Se acabaría el relato de los buenos y los malos, de los radicales y los tibios, de los progresistas y los conservadores, de los pasivos y los activos, de los lindos y los feos, de los policías y los delincuentes, de las víctimas y los victimarios, de los nostálgicos y los prospectivos, de los terapeutas y los deprimentes sin solución. Harían una sana tregua consigo mismos. Estarían haciendo frente, por primera vez en muchos años, al peso que cargan bajo sus pies y sobre sus hombros.

Meteorito1.0

La idea de que debajo de nosotros habita la reminiscencia de un cuerpo celeste surgió en 1958 por el trabajo de geólogos de PEMEX. Al ser contratados para buscar yacimientos de petróleo, la empresa paraestatal les solicitó mantener la información en secreto hasta 1978. Ese año los especialistas publicaron que la península de Yucatán poseía una circunferencia casi perfecta delineada por dolinas posiblemente generadas por el impacto de un asteroide.

Fue en 2010 cuando un equipo multidisciplinario de científicos globales aportaron suficientes pruebas para validar la relación entre el meteorito, el impacto, el cráter y la transformación de la vida en la tierra. Habían pasado 52 años de pacientes investigaciones.

El cráter de Chicxulub ocupó la imaginación de los aspirantes a científicos durante los años 80 y parte de los 90. A nosotros, niños aún, se nos instruía a partir de la posibilidad de imaginar que todo lo que estaba bajo nuestros pies había sido producto de algo que llegó del universo para transformar el mundo entero. Nuestro profesor1 mostraba un hecho científico que proponía a la península como el ombligo del mundo2 para inculcarnos la responsabilidad ética de aportar nuestros saberes a la comprensión del cosmos desde el lugar en donde nacimos3.

pie de página

Meteorito2.0

Debo dejar en claro dos cuestiones: la primera es que yo era un niño de cuatro años al final de los años 80. La segunda es que ignoraba que –al mismo tiempo– otro asteroide se encontraba haciendo impacto con toda su fuerza invisible sobre nuestra generación y las consecuentes. Se habló muy poco al respecto pues las ciencias que debían dar datos y reflexiones permanecieron enmudecidas. Se trató de un fenómeno reducido a secreto a voces, tan sofisticado como intratable, tan preciso como inconmensurable, tan mesiánico como usurero, un impacto lleno de incertidumbre sobre el futuro.

Ahora se sabe que el asteroide2.0 se constituyó con sofisticados procesos sociales como la privatización de TELMEX, la precarización del IMSS, del ISSSTE y nuestros derechos a la salud; por la pauperización de todos los empleos y nuestros derechos laborales; por la desarticulación de instituciones para el acceso a una vivienda digna y a una alimentación saludable; por el NAFTA, que prometía herramientas de última generación a bajo costo (por decir algo), pero que trajo consigo la importación de alimentos, el abandono del campesino, de la agricultura y la transformación de los usos del territorio; por el aumento del consumo de drogas legales e ilegales …e irónicamente, por el lento y medido ocaso de PEMEX, aquella institución que en algún momento posibilitó el descubrimiento del impacto1.0.

¡Qué lindo cometa2.0!

Tan directo como silencioso, la zona de choque del segundo impacto modificó la composición emocional, crítica y reflexiva de los nacidos y crecidos en la península de Yucatán desde los años 80 hasta la fecha. Aquellos materiales cósmicos venidos de fuera permearon la manera de entendernos en el mundo a partir de nuevas constelaciones de dominaciones sofisticadamente alegres e invisibles.

Siendo niños percibimos la llegada del cometa2.0 como un regalo envuelto con una excéntrica y luminosa atmósfera que nos impresionaba segundo a segundo; un bello cuerpo celeste que se aproximaba a nosotros como símbolo de reciprocidad. Era inevitable: nos sentíamos únicos, girábamos enamorados de una órbita que aún no
comprendíamos.

Así, momento a momento, aprendimos a convivir con el pop it turístico, de Holbox a Xcalak pasando por todos los pueblos mágicos. Incorporamos el Internet 24/7 porque había que estar conectados y porque, de paso, nos emocionaba la gallardía del Sr. Slim al ser el mexicano más rico del mundo. Cultivamos el individualismo exacerbado pues había que ser el mejor entre los mejores. Aceptamos la responsabilidad ejemplar de consumir todo lo que nos llegara de las industrias culturales del mundo: Japón, Inglaterra, China, Estados Unidos, Francia, Alemania.

Queríamos ser, estar y participar en la nueva configuración del mundo: be global for understand everything! Tan es así que nuestra ciudad puso en marcha un laboratorio de la seguridad ejemplar y post–panóptica que la colocó dentro de los charts de lugares del mundo imprescindibles para visitar. Un plan entre EEUU y MX que puso a los militares en las calles e inició una guerra de todos contra todos4. Así, mientras incorporamos al cometa en tanto versión contemporánea chic de la pasividad también participamos en la nueva configuración nacional de la violencia. Pocos levantaron las manos y por ser pocos fueron hechos aún menos en la cárcel local. Lo habíamos logrado siguiendo las lecciones de aquel profesor, éramos el ombligo del mundo en medio de dos fuerzas diferentes: bajo nuestros pies el primer impacto, sobre nuestros hombros, el segundo.

mdn

Millenials y …activistas5 peninsulares.

“Debes informarte”, así me decían a lengua suelta toda una comunidad de jóvenes a inicios del Siglo XXI. El tiempo ha pasado y aquellos posiblemente ronden los cuarenta años. En aquel entonces me obsequiaron fanzines de múltiples temas. Barricada Libertaria y Cherrybomb explicaban cómo hurtar OXXOs para nivelar la desigualdad pues las cámaras no estaban conectadas (un falso panóptico); también habían otros datos sobre cómo preparar leche de almendra (vegan way of life) o breves narrativas que descalificaban a McDonalds, MONSANTO, Coca–Cola y NIKE (los viejos enemigos del altermundismo de final de Siglo). Fueron mis primeros textos llenos de equis y arrobas (tod@s, muchxs); y posiblemente mi primer encuentro con los Millenials Activistas Peninsulares.

2

A veces polvo cósmico, a veces género, etnia, región, clase, raza, nación, religión, tecnología o antagónicos de todo lo anterior…aquí, ahora y al mismo tiempo, no había punto intermedio. Así empecé a reconocer a ese híbrido identitario sui géneris que pocos se han atrevido a retratar pues los Millenials Activistas asumen que su radicalidad es la posición más progresista de la peninsularidad. Y así ¿quién podría cuestionarles?

Con los años todo cambió. Hoy aman los cómics, leen anarquismo, sueñan con su versión del feminismo, aspiran a ser veganos, encuentran la decolonialidad en todas partes, no fallan los queers, los alter–masculinos, los coleccionistas del punk, el noise y el free jazz. Los nuevos híbridos se sienten de otra galaxia. Pueden asistir a conciertos de la orquesta sinfónica, a un after con música electrónica o presentar sus remixes de cumbia y reggaetón –con la idea de generar un auténtico twerk político–, eso mientras dirigen talleres de reflexión y acción, comparten plantas, andan en bicicleta, practican ula-ula, capoeira, son alter–mc’s, se visten de rockabilly, hacen folk y poesía, dirigen un documental, coordinan manifestaciones multi–temáticas, les pagan la renta, asisten a Walmart a escondidas, tienen una cuenta de banco asegurada y smartphones de última generación. Un cúmulo de experiencias diversas que ocurren en menos de un fin de semana.

No debe asustarnos en lo absoluto. En sus muros de Facebook o Twitter publican sobre la desigualdad, los gatos, la comida, el sexismo, el machismo, el feminismo, fotos de sí mismos, de sus talleres, de sus consignas y sus memes, todo en menos de dos minutos.

Ocurre que el impacto2.0 trajo consigo un desfase de la temporalidad que se traduce en la inversión del tiempo libre para lanzar frases sobre café orgánico, el cultivo del cuerpo, la novedad de un proyecto independiente, de la crisis de afecto y sus propuestas de abrazoterapia, de la relajación vía yoga, de la liberación animal, del food not bombs, del altercapitalismo, del colectivismo, del amor libre y de su búsqueda de espacios incluyentes a través de la organización de eventos que terminan por ser igual de excluyentes que la sociedad a la que cuestionan.

La memoria millenial es de corto plazo pues se ha enganchado en un debate entre la cualidad y la cantidad de los contenidos que comparten a través de sus tecnologías olvidando la importancia de la temporalidad, la territorialidad y la proximidad: están hiperconectados pero lejos de sí, de los otros y de otras realidades. Saben que para subsanar lo que ignoran es suficiente un clic en Google más pdf. Por eso siempre nos dirán que lo importante es ser coherentes con toda la incoherencia que la ausencia de memoria y reflexión de sí mismos involucra.

El impacto2.0 implementó la búsqueda de reconocimiento social como antagonismo a las políticas de exclusión, proceso que dio paso a que los activistas millenials se convirtieran en incuestionables policías de la cultura aplicando sus censores como frontera a sus monólogos previamente preparados. De igual forma, esto generó ese lastre por encontrar la coherencia perfecta dentro de su filosofía política favorita, una piedra que resume su miedo a fallar dentro del neoliberalismo ultracompetitivo y que sólo existe en la medida en que niega la retroalimentación y el diálogo profundo en temas en los que están convencidos de poseer la razón.

Por mucho de lo anterior es que en algún momento, lejos del vitral construido a modo para sus múltiples identidades y redes sociales, el activista millenial se mira a sí mismo y se siente vacío. “Le piden un amor que no puede dar” pues sobrevive a través de un día a día en el que es incapaz de prospectar. El retweet, el share y la historia breve de Instagram son los retazos del compromiso efímero que asume para las causas que olvidará al día siguiente.

Todo discurre y se disuelve en memorias de corto plazo que postergan la necesidad de dialogar consigo mismo, largo y tendido. ¿Recuerdan cuántos años llevó reconocer la trascendencia del impacto1.0? Esa paciencia se ha perdido en un mar de reproches disparados como consignas de timeline.

Lecciones

La primera lección que aprendí es que se requiere de un corazón muy afinado con el pensamiento para mantenerse ecuánime ante sus monólogos. Guardé postales, bolígrafos, posters, libros, música, videos, links, tweets, shares, inbox, ropa, computadoras, fanzines, poesías, todos sus obsequios. Quería comprender cómo es que toda esa diversidad2.0 que llegó envuelta con una excéntrica y luminosa atmósfera y que me impresionaba segundo a segundo también era parte activa de una continua postergación reflexiva de los conflictos que los aquejan.

La segunda lección que tuve que incorporar es que son la máxima expresión del neoliberalismo contemporáneo. El recuento de los daños6 nos muestra una viñeta melancólica: jóvenes lúcidos con todo tipo de accesos, reconocimientos e influencias globales pero con identidades deprimentes7 que van de la alegría al desencanto en cuestión de segundos. Ya no son sólo la mano de obra barata explicada por Marx, sino consumers que desconocen su condición de desposeídos.

Lo tercero es que son transversales a muchos tipos de derivas. Aún cuando se presentan como un cuerpo celeste que vino de otro universo, son el ejemplo de las condiciones devastadoras de la economía actual, por ende, están cargados de frustraciones que canalizan mediante un antagonismo recalcitrante que, lamentablemente, consideran crítico. Ante el temor exacerbado que les genera la ausencia de reconocimiento han intentado remediar su condición con una regla que siguen al pie de la letra: excluir antes de ser excluidos.

Con la caída de las grandes instituciones y la salvaguarda ocasional de la familia nuclear –la que les deposita dinero en la cuenta del banco, la que pagó la casa o paga la renta en la que viven y lo poco que hay en el refrigerador– no ha quedado de otra que inventarse procesos individualistas de justicia. De ahí la importancia del rumor y la difamación como piedras angulares de sus organizaciones colectivas y de los antagónicos construidos a modo en tanto supuestos representantes del sistema opresor real. Al no poder cambiar las condiciones materiales de su existencia se han hecho de un poder basado en el control de las narrativas de sus enemigos. Destinan mucha energía vital para hablar mal de los demás como si así evitaran que se les pregunte por su aportación tangible a ese otro mundo posible. Nos dicen que están luchando para no aceptar que conviven en medio de la ausencia reiterada de alternativas. El chisme hecho hábito canaliza la impotencia de la insatisfacción personal.

Los millenials activistas abrazan sus ideas como gotera de esperanza que a veces les da algo de tiempo para pensar en la siguiente noche –que suele ser de fiesta, de olvido, de nostalgia y/o de depresión–. El neoliberalismo hace del día a día una forma de prisión basada en el desencanto. Más que alarmarnos, es necesario comprender cómo operan los ideales altermundistas contemporáneos:

Construyen al opresor_ de su filosofía política.
Construyen al oprimid_ de su filosofía política.
Construyen al liberador_ de su filosofía política.
Construyen al liberad_ de su filosofía política.

En esta combinación de actores, los activistas millenials se asumirán desde dos frentes para que su posición política tenga sentido: serán los liberadores de los oprimidos, los liberados de los opresores, los opresores oprimidos, los liberados liberadores, o cualquier otro. Pero nunca todo a la vez. No convienen metodologías de la complejidad pues sus filosofías se mostrarían incompletas, coercitivas, mentirosas. Caería el circo de sus causas. El cuerpo celeste perdería su encanto.

La dura realidad del impacto2.0 es que son pocas las personas que cuidan de sí y de los otros. La ausencia de diálogo y el aumento de la confrontación sin argumentos muestra lo roto que se encuentra el tejido social peninsular. El neoliberalismo y sus valores explican cómo la desconfianza generalizada es síntoma de la incapacidad de construir formas de organización fraternas y perdurables en el tiempo. La incapacidad interpretada como rebeldía hacia todo (y todos –y hacia cualquier parte–) crea una inercia que desvaloriza toda iniciativa que ponga en práctica su propia vía para la construcción de alternativas. Nos dicen que “si no es a su manera no será” pero esta generación tiene problemas para distinguir el futuro deseable del futuro posible. Se les ha negado, con mucha inteligencia, la cualidad humana para prospectar el devenir.

Hay algo de novedoso. Los activistas millenials tuvieron una mejor preparación educacional que sus madres y/o padres, o al menos, aspiran a tenerla vía posgrados, becas, intercambios y reconocimiento social. Sus familias ya sabían del presente actual aunque no pudieron nombrarlo. Al igual que las generaciones contemporáneas, amaron al límite, tuvieron varias parejas, se odiaron con despecho, se separaron según sus condiciones. No hay nada nuevo en el cometa más que la reproducción de un modelo que cimbró todos los cimientos.

Sin más, el impacto2.0 ha puesto sobre la mesa ese viejo mito de que algo o alguien de fuera va a venir a resolver nuestros problemas. Los cuerpos celestes se reproducen en todas las prácticas que nos envuelven. En tiempo de luchas diversas convencer de que una causa es la piedra angular de las demás agota toda posibilidad de diálogo. De ahí el miedo millenial a la cartografía de las controversias8, aquel método que permitiría mostrar cómo funciona la diversidad como conflicto de intereses a resolver. Se acabaría el relato de los buenos y los malos, de los radicales y los tibios, de los progresistas y los conservadores, de los pasivos y los activos, de los lindos y los
feos, de los policías y los delincuentes, de las víctimas y los victimarios, de los nostálgicos y los prospectivos, de los terapeutas y los deprimentes sin solución. Harían una sana tregua consigo mismos. Estarían haciendo frente, por primera vez en muchos años, al peso que cargan bajo sus pies y sobre sus hombros.

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