por Irma Torregrosa

Reproducimos el discurso que leyó Irma Torregrosa, Escritora del año, durante el Desayuno de Escritores que organiza la Secretaría de Cultura y las Artes (Sedeculta). Al finalizar, la autora leyó el pronunciamiento colectivo contra la no violencia que firmaron 75 mujeres de la cultura en Yucatán, el cual también adjuntamos.

Dormir de un lado predilecto. Desde que tengo memoria duermo siempre del lado derecho, con mi cabeza sobre el brazo, mirando hacia el sur. Nunca supe si prefería dormir en esa posición para soñar mejor o para no soñar. Lo cierto es que, a veces, soñaba cosas que al día siguiente no sabía cómo contar. Muchas veces, en mis sueños, aparecían animales que me daban miedo o me gustaban mucho. Digo que me gustaban por no decir que me causaban extrañamiento; quería saber las razones detrás de sus acciones, lo que veían o no, antes de generar sus estrategias de supervivencia o de ataque. En ese entonces tenía las enciclopedias de casa de mi abuela y, en ellas, resolvía las dudas que me surgieran sobre esas cuestiones o cualquieras otras. Sin embargo, ahí nunca pude encontrar la manera de explicar cómo los sueños me construían mientras el mundo estaba en pausa.

Descubrí la literatura cuando en lugar de salir a jugar con mis vecinos me quedé adentro de la casa, mientras mi abuela tomaba el fresco en la puerta. Ella solía escuchar discos de gente que recitaba poemas memorables, trágicos; el primer poema que recuerdo haber escuchado fue “El seminarista de los ojos negros”. Sin darme cuenta, un día ya estaba diciéndolo por lo bajo mientras hacía cualquier cosa. Comencé a buscar más poemas y entonces fue cuando encontré que algunos autores escribían sobre las cosas que soñaban de esa forma y quise intentarlo. Escribí poemas, los primeros, sobre los animales que aparecían en mis sueños: lobos, peces, pájaros. Sin embargo, a pesar de todo, los sueños y los animales son cosas que nunca se terminan de entender ni de explicar. La escritura, en este sentido, representa una posibilidad de explicarme todo lo que sin ella no podría o no quisiera entender.

Un día, cuando era adolescente, leí un verso que a la fecha llevo a todas partes: “tengo en mí todos los sueños del mundo”. A lo largo de Tabaquería, de Álvaro de Campos que a su vez es Fernando Pessoa, descubrí que hacer poemas se parece mucho a la adivinación, una suerte de instinto con miras a la supervivencia de la realidad, que a ratos nos aplasta. Diría Huidobro que “un poema es una cosa que nunca es, pero que debiera ser”. Así los sueños y los poemas se hermanan en la eterna posibilidad que lo objetivo permite como una ruptura o un descanso. La escritura de lo que sea se nutre de ambas cosas, al igual que los sueños que nos asaltan, quizás de formas menos esperadas que antes.

Cuando comencé a escribir la poesía significaba la forma en la que prefería para explicarme cosas; con el paso de los años se ha vuelto la única forma en la que puedo hacerlo. En mi vida la poesía es necesaria para la supervivencia, decía Rosario Castellanos. El pulso por sobrevivir es lo que nos hermana con esos otros animales que habitan el mundo. Igual y la poesía no es nada que pueda cubrir nuestro cuerpo o nuestra casa frente al desastre que representa la realidad, pero es algo que sostiene, más allá de lo humano, lo vivo dentro de nuestro cuerpo. El animal dentro del animal: nuestro corazón.

Para soñar las cosas no se requiere el sueño, sino el seguimiento del instinto del animal que nos habita. Escribir es la traducción de lo que soñamos sin la necesidad de estar dormidos. Hacer, con las palabras, lo mismo que el pájaro hace cuando construye un nido: un lugar para el refugio de lo que somos, en donde nuestro animal pueda extender su vulnerabilidad sin algún temor. En suma, escribir es construir un hogar para el animal que sueña mientras habitamos el mundo. Sin embargo, la escritura no se ciñe únicamente al instinto de conservación y de refugio; los animales también cazan, atacan, se defienden de lo que amenaza su tranquilidad. En un discurso Raúl Zurita dice que la poesía, yo cambiaría hacia la escritura, nos hace llegar al fondo de nosotros mismos: a nuestras zonas de luz pero también a nuestras zonas de odio, violencia y crimen. Somos animales prismáticos y la escritura significa la descomposición de nuestras caras luminosas y emsombrecidas.

El ejercicio de la escritura, en este sentido, tampoco es luminoso todo el tiempo. Es muy fácil juntarse con otros, deslegitimar el ejercicio de los que piensan diferente. Es fácil cerrar los círculos para los que vienen después o tratar de engañarlos para que se queden donde están: darles la mano pero ponerles el pie cuando apenas inician. Es fácil vivir de viejas glorias y establecerse en una aparente legitimidad.

Celebrarnos como escritores, poetas, cuentistas, por ejemplo, me parece egoísta. Uno no puede decir soy esto, porque el ejercicio de la escritura no se realiza en la necesidad de vanagloriarse sino de reconocerse vulnerable ante las circunstancias. Más allá del género que se escriba, la escritura es un lugar para que nuestro corazón se reconozca en toda la vulnerabilidad, en su instinto de conservación o en su instinto de ataque, de resistencia ante las condiciones opresoras del espíritu humano. Decirse poeta, escritor el uno al otro es sólo una mentira que socialmente queda muy bien.

La escritura es otra cosa que, aunque debe socializarse, no exige motivo de festejo social. Escribir, es ante todo, un acto de resistencia, de recreación, de creación y, en cuya misma práctica se inserta la celebración y la denuncia. Ejercer la escritura como un oficio es una responsabilidad para quien lo hace. Sin embargo, la ocasión que nos reúne a este encuentro, es la escritura misma. Nos reconozcamos o no en las escrituras ajenas, lo que sí me parece un motivo para celebrar es el puente que tiende la escritura con el otro. El animal que habita nuestro cuerpo se mira de frente con los otros y nos sabemos ciervos, aves, lobos, peces, animales que sueñan a veces y tratan de explicarse lo que sucede en sus íntimos ecosistemas. La escritura nos une a los otros y, en una bella contradicción, nos reafirma como personas. La escritura nos desdobla hasta ese fondo de prismático animal que todos tenemos adentro del corazón. En este sentido, prefiero decir que antes que escritora, poeta o Irma, soy un animal que sueña y que sólo trata de explicarse el mundo y sobrevivirlo por medio de la escritura.

Reunidos aquí, todos nosotros, al final del cuerpo, corazones animales, celebremos este puente que nos ha tendido la escritura para encontrarnos. Celebremos siempre, pues, que la escritura nos permita avanzar sobre su intuición adivinatoria hasta el día que, inevitablemente, tengamos certidumbre de las cosas. Sólo el día que hayamos entendido todo lo de nuestro adentro y lo de nuestro afuera, quizás escribir ya no nos hará falta. Y dejaremos, entonces, que otros animales llenos de asombro nos cuenten todos los sueños del mundo contenidos dentro de su corazón.

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Mérida, Yucatán, 12 de diciembre 2018

Carta abierta de las profesionales de cultura

Durante muchos años la cultura, como todos los ámbitos, estuvo representada mayormente por hombres. Las firmantes de esta carta nos involucramos profesionalmente en las expresiones, gestiones y creaciones culturales del estado y hemos visto cómo los espacios seguros y el reconocimiento de mujeres ha aumentado. Sin embargo, persisten los comentarios y acciones machistas, arrogantes y violentas que hemos presenciado o experimentado por parte de nuestros compañeros hombres, e incluso mujeres que reproducen el machismo sistemático.

A pesar de las denuncias públicas y formales, quienes han cometido estas acciones siguen respaldados en el prestigio que no merece una persona violenta. Además del constante reconocimiento a través de apoyos que lo único que hacen es perpetuar un ejercicio del poder irresponsable.

Quienes firmamos este documento no creemos en la separación del autor con su obra, en tanto que el ejercicio del poder y los procesos para llegar a las producciones sean machistas y no éticas. Nos pronunciamos contra toda violencia piscológica, física, sexual y discriminación por parte de compañeros hombres en el ámbito de la cultura, sean estos músicos, periodistas culturales, gestores culturales, dramaturgos, actores, escritores, funcionarios, etcétera.

El trabajo en la cultura es una de las mayores responsabilidades en la sociedad, porque apostamos por la creación de contenidos y expresiones que impacten en el desarrollo de las personas de manera positiva. El entramado heteropatriarcal y machista de la cultura va en contra de los derechos humanos de la sociedad en general, y de nosotras, particularmente.

No pretendemos hacer un movimiento cultural excluyente, ni desprestigiar a nadie. Con esta carta demostramos que estamos al tanto de cada uno de los desplantes, amenazas, acosos y demás expresiones inaceptables en cualquier área que nos desempeñemos. Si lo personal es político, lo profesional lo es mucho más, porque carga una responsabilidad que va más allá de nuestra persona, que también merece dignidad. Ninguna de nosotras está dispuesta a trabajar en espacios o con individuos tóxicos, por nuestra propia seguridad, de nuestras compañeras y de la cultura de paz que queremos en nuestro estado y nuestro país.

Atentamente:
Adalgisa Kasandra Álvarez Hernández
Adriana Calero Sacramento
Ali Madai Becerril Carmona
Amanda Quezadas Llanes
Anakaren Rodríguez Pasos
Analía Balam Chacón
Andrea Aguilera Lorenzana
Andrea F.
Andrea Macías Luna
Andrea Ortíz Sosa
Andrea Segura
Arylú Marrufo Guzmán
Ayde Martínez Sánchez
Carmen Torres
Carol Santana
Claudia Alejandra Ceballos Maldonado
Dajely Peña
Daniela Ordóñez Guerrero
Daniela Ramírez Montalvo
Diana Calvo Bernal
Elena Martínez Bolio
Elizabeth Alejandra Cetina Castillo
Georgina Evia Marín
Giselle Aimé Marín Valenzuela
Goretty Herrera
Irene Patricia Cervera Medina
Irma Torregrosa
Isabel Cristina Cetina Castillo

Isabel Eugenia Pino Flores
Jazmín Vázquez
Jessica Ayala
Jessica Barrera
Jessica Olvera Cerecedo
Jocelyn Canto Suárez
Judith Fernanda Camacho Bautista
Karen Soberanis Ríos
Karina Yazmin Gamboa Tun
Karla Maresa Martínez
Katia Rejón Márquez
Kenia Castilla Fernández
Kery Alejandra Gallareta Molina
Larisa López Barredo
Larissa Alcocer
Leslie Santos Bonilla
Leticia Alfaro Ibarra
Leticia Martín
Lilia Balam
Liliana Hernandez Santibañez
Lola Manzanilla
Lorena Aguilar Aguilar
Lorena Castellanos Rincón
Mariana Polanco Noh
Marisol Campos Covarrubias
Maryliz Tamez Villafaña
María Elena González Ortega
María José García
María José Moreno Guerrero
María José Pool
Melissa Sosa León
Mónica Ceballos González
Mónica Gabrys
Nefertari Chalé
Raquel Martínez Arana
Reflexión y Acción Feminista
Regina Farias Guerrero
Renata María Marrufo Montañez
Rosa Elena Cruz Pech
Rosaura Luna
Rosely Quijano
Sandra Gayou
Sharon Torres Talavera
Silvia Carrillo Jiménez
Stephany González Díaz
Valeria Vázquez Partida
Verónica Rodríguez
Verónica Valenzuela Santa Rosa
Virginia Carrillo Rodríguez
Zindi Abreu Barón

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